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martes, 29 de junio de 2010

Conjeturas sangrientas

La frase latina "vox populi, vox Dei" es el fundamento de la afirmación aquella de que "lo que parece, es." A partir de esto, podemos concederle al chisme tanta veracidad como se nos antoje, o peor, como nos convenga. Todos y cada uno nos concedemos la calidad de fuente autorizada, bien informada, sin importar la magnitud del acontecimiento o acción que le comunicamos a otros; nos concedemos la calidad de testigo de cargo (¿cómo es que nunca atinamos a chismorrear como testigo de descargo?). Me viene a la memoria la advertencia de una simpática señora que fue secretaria en la PGR: "Aguas, licenciado, siempre hay un "yo lo ví." Buena expresión para describir la maledicencia.
Si nos tomamos la molestia de preguntar, recabar información, indagar sobre aquello de lo que vamos a hablar, sin duda habría menos difamación en el mundo, menos veneno en nuestra vida cotidiana y menos desconcierto en nuestra vida pública, civil. Pero el chismoso se limita a pescar datos sueltos, a atar cabos, a hacer conjeturas rápidas y si la realidad no corresponde a su conclusión, pues... vaya problema en el que se halla la realidad. A fin de cuentas, como suelen decir los expertos en encuestas, la percepción aún equivocada de la realidad, es real. Sin duda, el error es, paradójicamente un hecho.
Viene a cuento esta divagación a raiz del asesinato del candidato del PRI a gobernador de Tamaulipas y de refilón la "misteriosa ausencia" de Diego Fernández de Cevallos y el caso de la niña Paulette.
En cada uno de estos eventos hemos padecido el efecto abrumador de la conjetura disparada con la prolijidad de un escopetazo. Nadie se siente limitado por la falta de conocimientos e información; "¿Qué, no es obvio que...?" Políticos, líderes de opinión, analistas, columnistas, reporteros, ciudadanos de a pie confunden lo evidente con lo aparente, cada uno tiene su hipótesis que (suponen) por no rquerir verificación y confirmación por principio ya se puede reconocer como teoría validada.
Así, se abusa de las palabras, se afirma lo incierto y se sostiene lo absurdo; ¿y la verdad? ¿Qué es eso?
Hemos hecho de la palabrería el vehículo para confirmar nuestra fe, para abatir la incertidumbre, para encubrir la ignorancia y por, para esconder la irresponsabilidad. Sin duda, tenemos derecho a opinar, a hacer uso de nuestra racionalidad para entender el mundo en que vivimos, pero no tenemos derecho a falsear los hechos, a sacrificar la verdad sólo para quedarnos con los brazos cruzados. Parafraseando a Sartre, el culpable es el otro.
Llenamos el mundo con palabras, llenamos el vacío de nuestras existencias con rollos infinitos. Llenamos el mundo y nuestras mentes de ruido, de estática. Y la estática es real, pero carece de significado, de sentido; ¿hay mayor perversión del don de la palabra que esta?
Se miente para ocultar algo que en sí mismo es reprobable; cuando se miente por omisión, por no lograr que las palabras correspondan con lo que se dice, la falta es tan grave como mentir a propósito.
Si la conjetura no nos lleva a la indagación, si la conjetura no despierta nuestro escepticismo tan necesario para avanzar hacia el conocimiento y acercarnos a la realidad, nos lanza de cabeza y sin remedio al abismo de la mentira.
Si de veras estamos convencidos de que las palabras "representan" la realidad, lo menos que podemos hacer es honrar la verdad, actuar de manera congruente.
Como bien dijo el profeta Jesús "La verdad os hará libres." Habría que preguntarnos si nos sentimos capaces de vencer el miedo a la libertad y asumir nuestra voluntad como individuos y como sociedad.

domingo, 13 de junio de 2010

La nostalgia del canto

Sufrimos porque conocemos el lenguaje; si nunca hubiéramos accedido al "don de la palabra" jamás habríamos accedido a las nociones ni al deseo de decirlo y explicarlo todo, si nuestra comunicación se hubiera limitado a una primitiva musicalidad, estaríamos limitados a sentir dolor. Pero resulta que sufrimos porque somos capaces de describir el dolor; ése es el verdadero, el más profundo castigo del Dios que le prohibió a Adán y Eva acercarse y probar el fruto del árbol del saber; no por nada sentenció que el pan se gana con el sudor de la frente y nacen los hijos con dolor. El lenguaje, la conciencia del lenguaje nos da, es cierto, la poesía, esa ilusión de la vuelta a la naturalidad del hombre antes de ser humano; pero también nos muestra qué tan lejos estamos de nosotros mismos, cuánto hemos avanzado en el proceso civilizatorio en el que la cultura nos ha transformado hasta la deformación hasta hacernos extraños a nuestra esencia. Dejamos la naturaleza para ser ese Dios que imaginamos para mitigar la nostalgia del paraíso perdido.