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miércoles, 15 de febrero de 2017

Perdonen la tardanza

Federico Urtaza


Habrán de disculpar mi ausencia, si acaso la notaron y los inquietó aunque sea un poquillo. La razón es sencilla: Después de concentrarme en escribir a partir de la experiencia de cinéfilo y contrastarla con otros pensamientos, unos bastante personales y otros agarrados de los acontecimientos actuales, decidí apartar los ojos de las pantallas de cualquier tamaño y acudir a la palabra escrita y a ratos a la hablada (bendita radio que parada en las nuevas tecnologías asoma la cabeza en lo alto para que uno la vea).

Leer es una parte de mis hábitos que procuro no descuidar; desde niño leía todo lo que caía en mis manos con el mismo entusiasmo que iba al cine a ver todo lo que estuviera disponible. Más aún, cuando empecé a escribir fue más bien para explorar qué es lo que quería leer, aunque bien pronto me dí cuenta de que la oferta de libros y revistas ha sido de tal magnitud que uno nunca acabaría.

De intentar la escritura de textos peligrosamente poéticos y cuentos con finales sorpresivos por sacados de la manga, pasé a escribir algo que bien y sin pena puedo encuadrar en el ensayo. Al principio me costaba trabajo dejar de lado la ambición erudita de apuntar notas al pie con desfachatada prolijidad, así que pronto me dejé llevar hacia la escritura de textos en los que si bien me montaba en hombros de gigantes, quise dar mi propia visión desde lo que ahí podía ver.

Al poco tiempo de llegar a la ahora Ciudad de México (entonces y desde antes ya lo era, pero con el apelativo Distrito Federal), un amigo chihuahuense, el poeta José Vicente Anaya, me presentó con Huberto Batis quien para efectos prácticos conducía Sábado, suplemento de Uno más Uno creado tras el golpe a Excelsior, y enfatizo los efectos de Batis en el funcionamiento pues el director era el glorioso Fernando Benítez con ya entonces con el privilegio de la última palabra en lo que le interesaba se aplicaba en esa conversación que era animada y hasta educativa (como siguió siendo en La Jornada Semanal, donde volvimos a coincidir al poco tiempo). En Sábado ante el ojo muuuy crítico de Huberto, comencé a aprender que el periodismo cultural, si uno lo tomaba en serio, se podía convertir en un ejercicio invaluable para practicar el ensayo.

Pronto me encarrilé en la colaboración semanal presentando reseñas de libros, que debían ser novedad. Sin embargo, nunca me gustó hacer eso de hablar del autor, su biografía y luego espetarle al lector unas cuantas frases perdonavidas sobre el libro en cuestión.

Vicioso de la lectura, como he dicho, me interesaba más compartir mi experiencia de lector con otros lectores antes que hacer publicidad, esto es que prefería ganar para cada libro otros lectores a partir del entusiasmo que me produjo.

Soy un convencido de la llamada publicidad de boca en boca, así que a eso me atuve, a que el lector de mi nota fuera seducido por lo que le contaba que me había sucedido al leer tal o cual libro. Esto lo he observado hasta la fecha cuando hablo de cine, por ejemplo, o de política o de filosofía o de cualquier materia que es de mi interés de autodidacta voraz.

Llevo escribiendo desde inicios de los setentas, casi sin interrupción; llegué a la conclusión de que escribo para no hablar solo pues me encanta conversar sobre cuanto tema sea platicable. 

En La Jornada duré colaborando desde 1985 hasta pasado 1997, si no recuerdo mal; publiqué en los principales diarios y revistas notas de todo tipo, gracias a la generosidad de los editores que compartieron mi entusiasmo; escribí teatro alentado por Víctor Hugo Rascón Banda quien me condujo al taller de Vicente Leñero en donde sesionaban varios de los mejores dramaturgos que ha habido (y acaso habrá) en México de quienes en otra nota les contaré con mayor detalle. Escribí y publiqué cuento en revistas y un tomo auspiciado por la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Es cierto, lo confieso, que también me dejé caer en la indolencia escritural; a ratos sentí que me repetía (lo más probable), a ratos que estaba chafeando o que no tenía nada que decir. Como sea, me gusta escribir y eso sigo haciendo.

Si bien me había hecho el propósito de ejercer este blog más orientado al cine, creo que es buen momento para ampliar mi temario, aunque no mucho pues luego uno anda correiendo de un lado a otro sin hallar un caminito adecuado.

En modo alguno se ha enfriado mi entusiasmo por el cine, pero al volver a la lectura, al embarcarme en unas clases de pintura y descubrir accesos a la radio que me llevan a las palabras y la música, creo que habrá mucho más de qué hablar con ustedes, si están dispuestos a invertir algo de su tiempo en escuchar un par de desvaríos que acaso (eso espero) les produzca los suyos propios.


jueves, 26 de enero de 2017

Lo que queda al terminar la película

Federico Urtaza

¿Qué sucedería si uno tuviera la capacidad de experimentar al mismo tiempo absolutamente todo lo experimentable, pensar todo lo pensable y recordar todo lo recordable?


¿Soportarían la mente y el cuerpo esa carga de conciencia?

Religiones, filosofías, cursos instantáneos proponen la revelación instantánea, la expansión de la mente de golpe y porrazo… Pero todo sucede en un instante, revelando que el tiempo es el río en que todo fluye, como en el enigma del gato de Schröedinger, a la vez y durante, como partícula y onda y, ¿por qué no? siendo y no estando y estando y no siendo. Mmmm. Suena divertido.

Para cualquier ser humano enfrentar la verdad suele ser algo difícil de soportar; nos gusta que nos doren la píldora y si nadie lo hace, pues uno mismo se hace coco wash para que la realidad y sus aristas sea tragable hasta sin un traguito de agua.

Millones de años de evolución nos han alejado del paraíso perdido que quién sabe si haya existido, pero que funciona bien como consuelo al igual que imaginar que hay un niño en nuestro interior, en donde supuestamente éramos uno con el universo, con Dios o con quien quiera que ahora se nos antoje haber sido uno.


(2001, Odisea del Espacio, Kubrick, 1968)

En ese proceso en que como especie dejamos de ser lo que éramos para estar siendo lo que somos y seguir a lo que seremos (también esto suena divertido), repetimos el proceso en lo personal; somos lo que somos y lo que el entorno nos hace ser.

Bueno, el caso es que en la evolución de la especie y nuestro desarrollo como personas, hemos aprendido a ajustarnos a una economía fisio-emocional que nos permite ir por el mundo y por la vida sin mayores sobresaltos; en otros artículos he mencionado que, por ejemplo, ha sido vital reconocer patrones e incluso apegarnos a éstos para poder notar lo diferente y, casi por default, lo que es potencialmente peligroso.

Es así que hemos ido desarrollando mecanismos similares a los fusibles que nos apartan del peligro de una sobrecarga de consciencia; muchos dirán que sería padrísimo ser súper consciente, pero nada más por joder les recuerdo lo que se siente cuando alguien nos restriega en la cara todo aquello que evitamos ver que nos hubiera evitado meter la pata.
En fin, como siempre, me voy por el camino largo para llegar al cine.

Tal vez muchos de ustedes recuerden una película reciente de Luc Besson, Lucy, con la fabulosa Scarlett Johanson; para quien no la tenga en la memoria o no la haya visto, se trata de una chica que estudia en Taipei y se ve involucrada en el tráfico de una droga poderosísima que es el equivalente sintetizado de una enzima que produce una mamá en el embarazo, que tomada en dosis de fuertes a cañonazos expanden la conciencia a todo lo que da (jugando con una falacia que dice que el ser humano sólo usa el 10% de su cerebro, juego que es válido en una ficción de Besson a quien admiro porque arma excelentes películas de acción que parecen tener el respaldo de una buena historia)… ¿No la han visto o ya la vieron? Pues hay que verla o volver a verla.


Sirva Lucy de contraste para entender mejor cómo es que hemos pasado a admitir y hasta apapachar tantos filtros que nos hacen tolerable la realidad; sin esos filtros, la mayoría de nosotros se fundiría, literalmente. Por eso a veces hasta me da ternura escuchar a esos profetas que ofrecen la revelación en un curso de tres horas, el contacto con las verdades profundas mediante un panfleto, la luz al final del túnel en una conferencia; nos ofrecen consuelo pero nadie se atreve a ofrecer plena consciencia. No está bien ni está mal.

La realidad es que somos a media luz y para seguir así, falseamos la memoria o elegimos momentos estelares que nos resultan cómodos (aunque ronden en lo más oscurito de la sombra esos fantasmillas que meten miedo y se regodean jalándonos las patas). De lo que vivimos guardamos apenas unos cuantos detalles, algunos para seguir la rutina y otros para mantener la identidad.

Pero me he desviado de nuevo, a ver, vamos al cine como habíamos planeado.

En nuestra vida cinéfila hemos visto una cantidad de películas buenas, regulares y malas una cantidad que nos asombraría si fuéramos tan ociosos como para hacer un recuento; y no quiero ni pensar lo que dirían nuestro padres y maestros si con este dato se pusieran a sacar cuentas de tiempo hombre destinadas a ver películas en lugar de ser gente de provecho para uno y para la humanidad.

Pero, como en todo, conservamos recuerdos precisos apenas unos cuantos, y pelos y señales sueltos y diversos que funcionan como indicios tipo CSI si queremos armar un recuerdo.

Esos momentos generalmente tienen qué ver más con los valores (o la falta de estos) cinematográficos de una película. Sin duda, hay otros factores que asocian una escena o secuencia con algún momento especial de nuestra vida, pero prevalece en importancia la forma en que está presentado el pasaje.

Le pregunto: ¿Qué película ha sido muy importante en su vida, por qué, qué parte de esa película lo estremeció?




Recuerdo una película de griegos en la que brotaban esqueletos de la tierra; veo a Mesala arrastrado por los caballos, veo a Lawrence de Arabia histérico gritando ¡Akhaba!, veo a Brigitte Bardot encueradita como bebé sobre una cama, veo a Gene Kelly y a Malcolm McDowell cantando bajo la lluvia con propósitos y efectos diversos, veo el juego de luces y el punto constante de fuga de 2001 Odisea del espacio, veo la mano que se acerca al revólver a las 12 del día, veo el Mustang y el Charger volando de callle en calle de San Francisco, veo a un hombre que no lo es agonizando con una paloma en la mano diciendo que todo lo que ha visto desaparecerá como lágrimas en la lluvia…

Sin embargo, todos esos momentos de nuestra experiencia cinéfila son en verdad parte de nuestra experiencia como individuos; no seríamos quienes somos sin esos momentos.

El cine, como la pintura, la música, la danza, el juego, la literatura, están en lo que somos; nuestra vida es tan pobre o tan rica como se nos antoje… Cada quien elige en dónde quiere encontrar posibles recuerdos; mañana, cuando llegue el último momento, dicen, uno verá en un instante su vida como una película.


Ya es cosa de uno si es película de ficheras o de vaqueros o de comedia romántica.


viernes, 20 de enero de 2017

En qué se diferencian Joseph Mengele y Javier Duarte

Federico Urtaza

Hace muchos años (¡Ufff! Sí que va uno acostumbrándose a la frasecita), pasaron una película de nombre Los niños de Brasil (Franklin J, Schaffner, 1978), basada en una novela de Ira Levin, sí el autor también de la novela El bebé de Rosemary en la que se basó Roman Polanski para hacer una película memorable.


Iba a decir que no me referiría por la Película de Polanski al diablo; pero resulta que nadie puede negar que ha estado metiendo la cola, las patas y los cuernos en todos lados, de manera descarada, sin tomarse la molestia de ser el tradicional seductor del mal; no, no se trata esta nota de tan siniestro personaje, pero no puedo dejar de percibir al clásico hedor azufroso en mucho de lo que sucede.

El asunto es que en Los niños de Brasil, con las actuaciones de Gregory Peck y Sir Lawrence Oliver, el primero la hace del malvado sin parangón (no hasta ahora) doctor Joseph Mengele, alias “El ángel de la muerte”; y el segundo de un cazador de nazis.

Para quien no lo sepa, que mucho se olvida por estar aturdidos de la abundancia sobrehumana de información en el presente y la banalidad del consumismo para el que el sistema nos entrena y nos frustra, Mengele fue un nazi (por decir los menos y a manera de etiqueta) quien experimentó con humanos (principalmente niños, gemelos, dementes, discapacitados de todo tipo, en fin lo que los nazis consideraban prescindibles por raro capricho de la naturaleza y por ende productos degenerados) recurriendo a métodos muy cabrones (no hay otra manera de calificarlos), bajo el supuesto de avanzar en estudios de genética.

Sus víctimas eran, por supuesto, prisioneros de los campos de concentración que Hitler y sus achichincles instalaron en su casi fugaz Reich.

Al finalizar la guerra, se hizo la desbandada de criminales y en un atroz efecto cucaracha salieron a refugiarse muchos de ellos no en países amigos, propiamente dicho, sino en países con dictaduras o regímenes muuuy amigos (gracias a la simpatía ideológica y, claro, al oro del que bien se dotaron los jerarcas nazis, previsores ellos); de muchos de ellos se sospechaba el paradero, algunos fueron atrapados y juzgados, y otros murieron tranquilamente.

Así, resulta que Los niños de Brasil nos cuenta del cazador de criminales de guerra nazis da con el paradero del siniestro doctor Mengele, quien se ha refugiado en la selvas sudamericanas; pero eso no es todo, porque el mentado Ángel de la Muerte trabajó en un proyecto ultra secreto destinado a asegurar la presencia nada menos que de Adolfo Hitler… 

No, no prolongándole la vida, nada de eso, el que muere, muere, y no hay de otra, sino a través de ¿qué creen?, a clonación con lo que crea varios sujetillos que son instalados en varios hogares con condiciones similares a las del hogar de Fitín con el propósito de  producir a su digno sucesor y adelante con el Reich de Mil Años.

En consecuencia, como quiera que sea, Mengele por muy hijo de puta que fuera, era un científico (lo que no lo disculpa en modo alguno) y podemos suponer que en su ambición personal también había rastros de filantropía nazi (vamos, como tanto otros, estaban convencido de estar salvando a la humanidad, así fuera exterminando a quienes ¿adivina?, habían sido decretados no humanos).

No dejaré de mencionar otra película que toma como personaje al perverso Mengele: El médico alemán (Lucía Puenzo, 2013), excelente producción argentina que merece un artículo por separado.


Años antes, unos cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se estrenó una película (una de mis favoritas) de nombre El tercer hombre (Carol Reed, 1949), basada en una novela de mi admirado Graham Greene, cuya acción transcurre en la Viena arruinada de la post guerra, a donde llega de visita propagandística un escritor de novelas vaqueras (Joseph Cotten) quien busca a su antiguo conocido (ni siquiera su amigo) Harry Lime (Orson Welles).

En esas andanzas, el novelista parece estar persiguiendo un fantasma en una Comala centroeuropea, y poco a poco se va enterando de la alimaña que es el famoso Harry, precursor maloso de las tortugas ninja, que prácticamente habita en el sistema de alcantarillado vienés.


Cuando se encuentra con el fantasma Harry Lime, éste es un cínico hijo de puta, cabrón de siete suelas, vamos un criminal de post guerra, que trafica en el mercado negro de todo lo que se pueda conseguir y para lo que hubiera necesidad (en ese tiempo, todo), en particular traficando con penicilina adulterada…

¡Riiiiiing! ¿Le suena familiar?

Traigo a cuento estas dos producciones por el caso Javier Duarte, conocidísimo maleante (que sea político es circunstancial, por sus actos se nota que en esencia es un pillo de la escuela y el nido de Fidel Herrera), que toleró y propició y se benefició de una creciente lista de trapacerías, entre las que destaca por lo ofensivo que resulta para la dignidad y salud de las personas las quimioterapias apócrifas para niños y las no menos falsas pruebas de VIH.

Uno no entiende cómo alguien que se mueve en este mundo al igual que nosotros sea capaz de cometer tales crímenes; sin disminuir la gravedad de los hechos, no está por demás tomar en cuenta que los tiempos en que vivimos son propicios para lanzarse en pos de satisfacer la ambición personal a costa de lo que sea: siempre tendrá el gandalla un amplio catálogo de pretextos, justificaciones y hasta mandamientos, que van desde el “no va a pasar nada” al “no estaba enterado”, “alguien más lo habría hecho”, “me vi forzado”, “de todas maneras se van a morir” y un larguísimo etcétera que, desafortunadamente aunque con consecuencias acaso menores pero no menos reprochables, aplicamos en la vida cotidiana cuando queremos salirnos con la nuestra.

Los asesinos, los defraudadores, los ladrones, los violadores no se dan por generación espontánea; donde la proclividad a actuar mal coincide con la tolerancia y las aspiraciones sancionadas y alentadas por la sociedad, ese tipo gente.

A veces la indignación, el asombro dolorido nos limitan el vocabulario, tendemos a usar símiles; por eso ahora hago la distinción entre Mengele y Duarte, no porque no sean unos criminales sin disculpa, sino por la naturaleza de los actos de cada uno pues como he señalado, el primero fue cruel, despiadado con sus sujetos de experimentación, pero aun así se amparaba con una causa que se declaraba salvadora de la humanidad (y, de hecho, aunque sea terrible, muchos de esos experimentos sirvieron de base para avances médicos); así, en realidad Javier Duarte se asemeja más a Harry Lime, actuando por dinero, no hay de otra, no hay siquiera una justificación ideológica.

Que Mengele, Lime y Duarte (y sus achichincles cómplices) sean unos desalmados hijos de puta, nadie lo duda, en eso sí que se parecen.



Ah, pero si todo hubiera sido sólo dinero, quién sabe si no hubiera habido admiradores secretos del criminal Duarte, como los ha habido del Chapo extraditado y otros delincuentes. 

martes, 10 de enero de 2017

¿A dónde se fueron las utopías?

Federico Urtaza

Como en la divertida novela de Emilio Carballido, El tren que corría, siempre vamos en pos del futuro y, lo más chistoso, es que no sólo lo alcanzamos sino hasta que lo dejamos atrás.

Y ahora que menciono “tren”, me vienen a la memoria imágenes cinematográficas que recurren a este medio de transporte (o similares, como el metro) bien sea como personaje, por así decir, o principal locación; por supuesto ahí está El general (Buster Keaton, 1926), El tren (John Frankenheimer, 1964), Asesinato en el Expreso de Oriente (Sidney Lumet, 1974), Nevada Express (Tom Gries, 1975), El gran robo del tren (Michael Crichton, 1979), El tren del escape (Andrei Konchalovsky, 1985), Rescate del metro 123 (Tony Scott, 2009), Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 1975), El expreso del miedo (Bong-Joo Ho, 2013) y Tren a Busan (Yeon Shang-Ho, 2016).




No sé, se me ocurre que el tren en marcha es algo parecido a la película cinematográfica; digamos que los vagones son los fotogramas y tanto el tren como la película requieren del movimiento.



Así, el tren es un espacio confinado, por definición en movimiento y con un destino establecido pero al que quién sabe si arribará (esa es la cuestión para ponerle suspenso); y sucede que los trenes están sujetos a horarios, al rigor implacable del tiempo. Así, un tren siempre va a un después en un continuo presente en el que transcurren los pasajeros, la carga y la tripulación. Como en la vida.

En el viaje, a menos que uno vaya a la velocidad de la luz o una próxima, se puede confiar que se llegará en este planeta tierra en unas horas, máximo días. El futuro esperado, valga la expresión, está cerca, así que casi casi está en un presente distendido.

Pero no vengo a hablar de trenes, no ahora, sino de la carrera, del ir en pos. Es por ello que decía que a veces sucede que encontramos el futuro como un recuerdo, algo que a los aficionados a la ciencia-ficción sea en cine o literatura nos resulta familiar.

Como aquí nos ocupamos de cine, pienso en 1984 (Michael Radford, 1984), o en tantas otras de catástrofes que debieron ocurrir en el 2000, o en el dato curioso sobre el nacimiento de Roy Batty en enero de 2017, personaje de Blade Runner (Ridley Scott, 1982).


Y es que para le especulación resulta conveniente establecer que el viaje en nuestro tren de la vida ya llegó o ha pasado por una estación que está en ese futuro que quedará atrás en algún momento, a menos que se llegue al fin de los tiempos (toco madera).

Antes, para hablar de esos escenarios en un mañana bastaba mencionar que ocurría la acción “en un futuro”; bueno, pues a últimas fechas se ha puesto de moda la palabra “distopia”, que no es sino lo opuesto a “utopía”, lo que la hace sonar muy mal y amenazadora.

Hay que resaltar que el recurso del tiempo y una sociedad futuros han sido aprovechados cuando la denuncia de condiciones específicas o de la general de la condición humana tocan la piel sensible de quienes prefieren reprimir las libertades de pensamiento y de expresión de las ideas. Es un juego que a los censores les ha dado manga ancha o los ha acorralado pues convencionalmente la obra en cuestión es tan ajena a la realidad como Los viajes de Gulliver o El hobbit.

Esto nos lleva a pensar cómo es que se han puesto de moda las historias que ocurren en sociedades distópicas; acaso el miedo al Gran Futuro que es la muerte se balancea en la cuerda floja de un destino estructurado con rigor implacable y opresivo.

Últimamente ha sido mencionada la película The lobster (Yorgos Lanthimos, 2015) tanto por su tema y el desarrollo de éste con un guion ejemplar llevado rigurosamente a la pantalla.


Si uno se preguntara si es posible presentar en una película la pregunta “¿de qué somos capaces por amor?” en The lobster (Langosta) la respuesta desafía nuestras convicciones.

La acción transcurre en una sociedad distópica (por supuesto) en el futuro cercano (pues claro), en la que por ley la gente debe tener pareja o, de lo contrario, pasar a una especie de hotel donde deberá durante 45 días encontrar a su media naranja… De ser un “forever alone”, mala noticia: el soltero empedernido será cazado (sí, con “z”) y convertido en el animal que previamente habría elegido, aunque si logra librarse de los cazadores que son los mismos huéspedes, le queda la posibilidad de vivir emboscado en compañía de otros como él o ella.

Lo curioso del asunto es que mientras los huéspedes se empeñan en “enamorarse” de su “alma gemela” y la administración se encarga de mostrarles que una persona sola es una aberración, afuera en el bosque la comunidad de prófugos se conduce en una especie de atonía afectiva que de ser violentada puede acarrear la muerte.
A lo largo de la película la gente se comporta de manera fría, impostada, distante; da lo mismo si son huéspedes o prófugos: la afectividad es irrelevante y, por ende, descartada en el caso de las parejas porque lo importante es tener pareja y en el caso de los emboscado porque el afecto es la pus de le herida putrefacta de la relación de pareja prescrita por el sistema.

Creo que en este caso podemos pensar que el cuestionamiento no va dirigido hacia las relaciones de pareja, sino como se están dando esas relaciones; así, el amor romántico no sólo se considera como “fantasioso”, sino poco “práctico” y hasta demente. A veces uno se encuentra en situaciones que bien ilustrarían la conveniencia propugnada por Bentham, así que el amor romántico, desinteresado parece fuera de toda consideración ya no digamos en el futuro o en el presente, sino en toda nuestra historia. Esto se convierte en tesis en esta película, en especial en dos momentos cuando la pregunta es: “¿Hasta dónde llegarías por amor?”


En la vida real la respuesta es variada, aunque eso sí, el amante incondicional es tomado más como caso clínico y carne de pabellón psiquiátrico.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuando el pasado nos alcanza

Federico Urtaza



Anoche vi la película El monstruo de la Laguna Negra; confieso, no la había visto aunque el monstruo me era bien conocido desde hace muchos años. Supongo que a muchos cinéfilos y otro tanto de cómic fans nos pasa algo parecido: hay imágenes por así decir icónicas cuyo contexto nativo nos es casi ignoto. Será por eso que cuando uno las experimenta en su ámbito natural, nos siguen asombrando, no sé si por los recuerdos “verdaderos” o por el ansia de tenerlos, como le sucede a los replicantes de una de las top de mi lista de mil y una películas favoritas, Blade Runner de la que se anuncia una secuela.



Confieso además que el aumento del precio de la gasolina, la victoria de Trump (o debería decir, la derrota de los no Trump), el insólito precio de las palomitas en los cine pero, principalmente, lo que ya he señalado, la casi ausencia de salas de pantalla grande donde se exhiban clásicos y no tan clásicos, y en general lo que quepa en la idea de “segunda pasada”, recurro a plataformas digitales, muchas de ellas con excelente material y de muy buena calidad visual y, en el caso que ahora me ocupa MUBI, donde cada mes hay una película que llega y otra que se va, de orígenes, géneros, calidad diversos, lo que por supuesto se agradece muchísimo.

El asunto es que encontrarse uno con una de esas raras películas de los cincuenta del género de ciencia ficción que a pesar de jugar en la cancha de eso que se ha dado en llamar películas de serie B  (concepto cercano a “churro”, supongo, que bien puede encontrar similares en las películas de luchadores, charros, marcianos y/o monstruos y/o espantos diversos, gángsteres, rumberas y etcétera), se han convertido en paradigma del género, para bien y para mal.


Como en todo, sin esos cimientos donde se nota más la intención que el logro, sin duda no habría las asombrosas producciones que año con año aparecen, unas con exceso abrumador y otras con acertada mesura de efectos especiales. Tal vez, como en toda la historia, el desarrollo se alcanza pisando el empedrado de las buenas intenciones.

El monstruo de la Laguna Negra es una película pareja en sus aciertos y fallas; realizada en 1954 en blanco y negro según el gusto del director Jack Arnold, eso sí con gran acierto incluso en las tomas submarinas, se inicia con una secuencia que no deja de resultar insólita: se ve el inicio del universo y una voz en off nos cuenta que las consecuencias de eso se notan ni más ni menos en la evolución (la que se nombra en paráfrasis que para ser interpretada no requiere de genialidad alguna), para luego empezar a meternos propiamente en el tema de la película: la ciencia, los negocios y los buenos sentimientos no necesariamente hacen buenas migas.

Así, en los rumbos del río Amazonas, un paleontólogo (o algo así) encuentra una garra muuuy extraña, la lleva con unos colegas gringos que también trabajan en Brasil y ¡pum!, se arma la expedición con unos cuantos personajes, los suficientes para darnos una historia de amor (libre, por cierto, algo digamos que insólito para la época), celos amorosos y profesionales, optimismo humanista, audacia aventurera, avidez capitalista, y asombro ante el otro (tanto de los humanos como del “monstruo” que no es sino un sobreviviente del período Devónico, es decir, un ancestro que no lo fue y que también, por supuesto, sufre una especie de enamoramiento hacia la chica de la peli).

El guion hace que los diálogos fluyan de manera ingeniosa y que de tanto en tanto alguien suelte una frase profunda o algún chistorete. La trama es muy movida y a ratos suceden cosas que como que no conectan pero, ¿a quién le importa si el monstruo cual coyote acechando al correcaminos emprende acción tras acción para deshacerse de los intrusos y apoderarse de la muchacha quién sabe para qué?


Pero lo importante es que el director Arnold se arriesga a desafiar la cerrazón de su época (que a veces sigue vigente y fortalecida) en cuanto a asuntos científicos, éticos y hasta morales, todo en una película de ciencia ficción que en principio no aspira sino a divertir.

martes, 27 de diciembre de 2016

Cuando lo que falta es heroísmo

Federico Urtaza


Me resisto a ver series porque sé que soy débil y en cuanto me engancho, no me suelto. Pero bueno, a veces vale la pena y si no es así, ya está uno grandecito como para percatarse cuando algo comienza a ser una pérdida de tiempo que ni la moda ni el sentimiento del deber encubren.

Hace algunas semanas, en este mismo espacio, hablé de la serie Westworld, aunque refiriéndome en particular a los traslados del cine a la tele; quise seguir, no pude; habría que pensar el motivo, ya lo haré en otro momento; algo así me pasó con la segunda temporada de True detective a pesar de que la primera temporada es en verdad memorable.

Así las cosas, me encaminé a retomar Black mirror, serie que no lo es propiamente, pues nos es presentada como una “antología” de crítica de la cibernetización de nuestras vidas. No, tampoco acabó de enganchar mi proclividad a la devoción, pero el tercer episodio de la primera temporada me viene a la memoria para ilustrar cómo en nuestro tiempo la ausencia de heroísmo en nuestros actos se traduce en una capacidad abrumadora para hacer hasta lo indecible para alcanzar lo trivial.


En una sociedad distópica (por lo que podemos ver, parece que a estas alturas ya no hay de otro tipo), la gente se la pasa pedaleando para producir energía que sirve para mantener un ambiente de virtualidad extrema en la que se compran sombreros, vacaciones, sexo, para unos monitos que no son sino el avatar de cada individuo que por lo demás, mientras no pedalea habita un cuartito-pantalla donde las 24 horas del día se proyectan video juegos o programas de reality y/o concurso no muy diferente a los que se le ofrece al televidente común y corriente. Ah, pero nunca falta ese que se fastidia con la rutina y poco a poco se desliza a una rebeldía un tanto sin objeto… hasta que la casualidad le proporciona uno: en este episodio, el protagonista conoce a una muchacha que canta como ángel en el baño común para que no la oigan orinar, así que gasta todo su capital para comprarle un pase a un concurso tipo México tiene talento o algo así, pero como la chica es una hermosura, los jueces consideran que si bien canta de fábula, es tan preciosa que nadie repara en su voz así que deciden proponerle el regreso a la esclavitud pedalística o formar parte de un reality porno… Y ella, en toda su inocencia, acepta, lo que saca de quicio a su amigo patrocinador quien decide darle una lección a los jueces y al sistema en transmisión en vivo… Claro que logra el escaparate, pero también venderse bien; el prospecto de héroe acaba en parodia de sí mismo.

Pero como suele pasarme, desvarío y pierdo el rumbo, porque en realidad pensaba ocuparme de una serie que acaba de iniciarse en Netflix, salida de la manga del genial Guillermo del Toro, Troll hunters.


Del Toro es de esos chamacos afiebrados e inquietos que se meten al mundo del cine haciéndole prácticamente a todo, la mejor manera de aprender y comprender. Cuando uno lee en su biografía que dedicó buena parte de su vida a aprender el oficio de maquillista, nota que eso le abrió los ojos y la mente para imaginar no sólo otros rostros, sino otros mundos con todo y sus habitantes. Quien conozca su obra, sabe de qué hablo.

Sin afán de extenderme descifrando el imaginario de este completísimo cineasta, señalo que también está bien compenetrado del comic y sus alrededores, de su estética y su mitología. Eso nos lleva a notar que hay una proclividad a la representación del héroe por razones estéticas y de construcción de personajes y trama, así como por razones éticas como dar lo mejor de sí mismo, enfrentar sus temores y asumir su propio destino.

Troll hunters en su primer temporada confiesa en el nombre el género épico fantástico. Por supuesto que respeta también y con fidelidad las convenciones del género y por supuesto, del cuento en general como lo precisó Propp. El protagonista es elegido para una tarea que al principio rechaza y que poco a poco asume, contando con toda clase de dificultades, antagonistas, aliados, amuletos y talismanes. El sitio es este mundo, un pueblo minero llamado Arcadia en un USA multicultural que coexiste con un submundo también multicultural, una especie de Roma tolkienesca, y el conflicto se da en la necedad de los malos en conquistar el mundo de los no necesariamente todos buenos, pero al fin, humanos.

En los personajes, la trama, lo visual y los beneficios de la animación, se notan la mano y el espíritu de Del Toro. Con episodios de 23 minutos, resulta la serie muy apropiada para niños y pubertos, incluso veteranos como el que esto redacta.

Además, es un respiro (perdóneseme la posición de genero desde la perspectiva masculina y la consecuente incorrección política) en el paseo por el catálogo de películas y series de princesas y plebeyas empoderadas (no niego que hacían falta, pero tampoco que a ratos como que salen sobrando algunos ejemplares). Y conste que asumo el deber de reconocer una referencia que resuena en esta serie, mencionando Buffy, la caza vampiros.


Para mi nieto de 2 años y medio, ha resultado una serie que le activa todo tipo de emociones, supongo que semejante a lo que ocurre en la lectura de los cuentos de hadas como lo ha señalado Bruno Bettelheim, con todos sus efectos impactantemente formativos.

En fin, fans de Guillermo del Toro, a deleitarse viendo esta serie.

sábado, 17 de diciembre de 2016

El silencio al estilo Scorsese

Federico Urtaza

Ahora que está por estrenarse la nueva película de Scorsese sobre misioneros jesuitas en Japón, mentalmente hice un repaso de su obra; de momento, me pareció muy diversificada, pero bien pronto entendí que por diferentes que parezcan sus películas comparadas unas con otras, en realidad tienen un mismo sustrato: el mundo propio de Scorsese.


Bien sean sobre un comediante, un boxeador, pandilleros, gángsters, un niño reencarnado, el cine, un magnate desquiciado, un coyote (más que un lobo) de la especulación, un Cristo tentado a salir corriendo, o un chiflado que hace de su resentimiento el gatillo de su pistolón, Scorsese es de esos cineastas que logra rescatar sus recuerdos para plasmarlos en su producción; dirán qué tiene qué ver Howard Hugues con la vida de este director, seguramente no mucho de manera directa, pero sin duda fue una presencia en su imaginación por tratarse de una persona ya personaje en su propia vida, y así con los recuerdos neoyorkinos de ese niño que como él mismo cuenta, por ser enfermizo veía mucho de la realidad desde su ventana y luego desde una butaca y al salir caminando por el barrio de Queens, en la Pequeña Italia.

Scorsese, pensó ser cura, lo intentó, para mejor preferir ser un devoto cineasta que muestra y demuestra que el creador artístico auténtico no necesita ser un panfletario ni un propagandista para compartir lo que habita en su alma (y uso deliberadamente la palabra “alma” y no “inconsciente” o mente o cualquier cosa así).

Como muchos cinéfilos, espero con ansia ver Silencio. Primero, porque es de Scorsese; segundo, porque se trata de misioneros jesuitas.

No, no soy creyente o, mejor dicho, como dicen que dijo Buñuel (también alumno de jesuitas), soy ateo por la gracia de Dios. Sin embargo, creo en ciertos principios y valores que tienen como materia la mejor convivencia de los individuos de nuestra especie, su sana relación con el mundo en que vivimos y la necesidad de encontrarle sentido a esta tan atribulada existencia que compartimos.

Dicho lo anterior, reconozco que de muchas maneras la escuela jesuita ha sido fundamental en la formación de quien soy, para bien y para mal, en especial por dos personajes como son Ignacio de Loyola y Francisco Javier, éste paradigma del misionero que como otros, buscaron establecer un diálogo con otras culturas, es decir, romper los muros de Europa.

Creo que ese espíritu ha sido bien llevado al cine en cuando menos tres películas muy bien realizadas (bueno, la última por verse, pero casi garantizada por el talento de Scorsese); la primera La misión (1986, Roland Joffé), la segunda Manto negro (1991, Bruce Beresford) y, la tercera, por supuesto, Silencio (2016, Martin Scorsese).

Se podrá objetar que el trabajo misionero fue y ha sido la quinta columna del colonialismo; pues sí, así ha sido y así es, no hay manera de contradecir la aseveración, pero tampoco hay manera de refutar que la historia no se ha hecho desde nuestro ahora, sino el de quienes vivieron en cada época.

El género de ficción histórica incluso en el cine no tiene por qué condenar o ensalzar los hechos del pasado, sino mostrarnos (como lo hace siempre el arte narrativo sólido), la diversidad de las expresiones de la condición humana.

Así, en La misión no se trata de un discurso anticolonialista ni de propaganda católica per sé como de presentarnos la capacidad de un sujeto en el Paraguay del siglo XVI, para salvarse a sí mismo rectificando su camino tras ser un gandalla para asumir la solidaridad fraterna.


Por otra parte, en Manto negro la verdadera misión del joven jesuita es, aparte de tratar de derribar todo tipo de barreras para evangelizar a nativos del este de Canadá, derribar sus propias debilidades y dudas, algo que no muchos logramos a cabalidad.


Por lo que se sabe, en Silencio veremos las peripecias de los misioneros jesuitas que lucharon por convertir a los japoneses también del siglo XVI al catolicismo; muchos de ellos perecieron al pie de la cruz, por así decir, otros prácticamente predicaron en el vacío (y esto me recuerda la aventura del padre Mateo Ricci, quien recurriendo a la técnica de aprendizaje llamada el Palacio de la Memoria, trató de seducir a la corte china y, así, convencer al emperador de que le permitiera predicar entre sus súbditos).


Así como La última tentación de Cristo  está muy lejos de ser un alegato católico ortodoxo a favor de la divinidad de Jesús, presentándolo más bien como un hombre que se enfrenta a un destino que siente que lo rebasa, a la luz de La misión y Manto negro me atrevo a correr el riesgo de apostar que Silencio será otra de las grandes películas de Martin Scorsese en las que se nos muestra al hombre en su grandeza y sus miserias.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Viaje en la banda caminadora

Federico Urtaza

Los remakes me resultan algo así como traducciones o, mejor dicho, puesta al día de una película, algo parecido a lo que se hace, por ejemplo con El Quijote que le maquillan el léxico y la historia para que sea comprensible para quienes no sean Cervantes o españoles del siglo XVI; vaya cosas que hace la gente para a) Vender lo que no es suyo y b) No hacer esfuerzo alguno cual consumidor que se deja querer.

Lo más raro es cuando un mismo director hace dos versiones de su película, como ha hecho Michal Haneke con su Juegos peligrosos, la que dicho sea de paso me confirma que la versión original, la alemana, es mejor y más siniestra que la adaptación/sometimiento a los criterios del cine comercial hollywoodense. Pero bueno, si hasta Buñuel hizo películas de “aliento” olvidadas con razón, para sacar para el “chivo”.



Luego pasan cosas risibles como con el reciente remake de Ben-Hur que resulta más impresionante por la broma de Cinépolis y su concesión dulcera para multimillonarios, que por el tráiler de la película verdadera que, según se puede apreciar a simple y fugaz vistazo es la hollywoodización de una película holliwoodesca, con reiteradas citas prácticamente literales que en cine se llaman homenaje y en literatura plagio (habría que hablar más de esto pues, en cierto modo, ya todo está dicho, pero una cosa es repetir un chiste y otra atribuírselo como hijo de la propia inventiva, que hay quien tiene la gracia de contarte historias de la Biblia como si fuese el mismísimo Dios en la zarza ardiente).

Como siempre, desvarío y no me disculpo por ello; con todo respeto, el que quiera llegar del punto de inicio al punto final, le deseo buen viaje como línea. Pero bueno, regreso a los remakes.

Si el auge de las series como fase superior de las miniseries revela la adaptabilidad de la industria audiovisual, la fusión de cine y televisión con lo bueno y lo malo de uno y otro, replantea también las nuevas (por así decir) maneras de ver cine y televisión; la producción y el consumo van de la mano, que para eso da el mercado. La tele ya no es lo que era (y se tarda en morir lo denezlable) y el cine encuentra otras pantallas que las legendarias de las salas a oscuras.

Así, mientras que se han realizado algunas películas como cereza del pastel del éxito de programas semanales de la tele (pienso en Perdidos en el espacio o El Santo (el británico, no el nuestro), que de plano chafearon en la pantalla de plata), también se están produciendo y exhibiendo series basadas en películas que en su momento tuvieron su éxito y hasta siguen siendo algunas de “culto”.

El exorcista, 12 monos, Hannibal, Bates Motel y Westworld son un buen ejemplo actual de lo que quiero decir y las tengo en mi lista de pendientes pues tiquismiquis como soy, ahí me tienen repasando las películas en las que se inspira cada una de estas series; acabo de ver Westworld, la de 1973, con Yul Bryner (precursor del peinado cabeza lisa), James Brolin (quien de joven parece copia de Christian Bale) y Richard Benjamin, todos concertados tanto por el texto como por la dirección de Michael Crichton (que merece un artículo aparte) y es una película que ilustra el cine de acción, es decir, donde pasan cosas, muchas cosas, con situaciones sacadas de la manga aquí y allá (pero que forman parte de las convenciones del género, junto con la lógica arbitraria).


En consecuencia, y es sólo aquí donde hay el nexo causa y efecto, los personajes nada más son conductores de energías, carentes de profundidad y complejidad; vamos, son etiquetas que le sirven al espectador para identificar al muchacho chicho (perdón por el anacronismo), a su amigo, a su antagonista (casi siempre el malo) y a los estorbos y ayudas propios de estas historias.

Saco a relucir esto pues si de algo se jactan los creadores de muchas de las series actuales, lo importante es el personaje (excepto Juego de Tronos, luego les digo porqué); así que puedo suponer que la serie Westworld representa un salto cualitativo respecto de la película en la que se inspira.


Por lo pronto, ya tengo tarea para el fin de semana: ver la serie. Y la de El exorcista (sí soy fan de la novela y de la película, vaya hasta me gustan precuelas, secuelas y parodias –incluyo en estas la de Dónde está el exorcista y el capítulo de Shrek donde Pinocho es el poseso).


Así que no me hablen, estaré en otro mundo.