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jueves, 26 de enero de 2017

Lo que queda al terminar la película

Federico Urtaza

¿Qué sucedería si uno tuviera la capacidad de experimentar al mismo tiempo absolutamente todo lo experimentable, pensar todo lo pensable y recordar todo lo recordable?


¿Soportarían la mente y el cuerpo esa carga de conciencia?

Religiones, filosofías, cursos instantáneos proponen la revelación instantánea, la expansión de la mente de golpe y porrazo… Pero todo sucede en un instante, revelando que el tiempo es el río en que todo fluye, como en el enigma del gato de Schröedinger, a la vez y durante, como partícula y onda y, ¿por qué no? siendo y no estando y estando y no siendo. Mmmm. Suena divertido.

Para cualquier ser humano enfrentar la verdad suele ser algo difícil de soportar; nos gusta que nos doren la píldora y si nadie lo hace, pues uno mismo se hace coco wash para que la realidad y sus aristas sea tragable hasta sin un traguito de agua.

Millones de años de evolución nos han alejado del paraíso perdido que quién sabe si haya existido, pero que funciona bien como consuelo al igual que imaginar que hay un niño en nuestro interior, en donde supuestamente éramos uno con el universo, con Dios o con quien quiera que ahora se nos antoje haber sido uno.


(2001, Odisea del Espacio, Kubrick, 1968)

En ese proceso en que como especie dejamos de ser lo que éramos para estar siendo lo que somos y seguir a lo que seremos (también esto suena divertido), repetimos el proceso en lo personal; somos lo que somos y lo que el entorno nos hace ser.

Bueno, el caso es que en la evolución de la especie y nuestro desarrollo como personas, hemos aprendido a ajustarnos a una economía fisio-emocional que nos permite ir por el mundo y por la vida sin mayores sobresaltos; en otros artículos he mencionado que, por ejemplo, ha sido vital reconocer patrones e incluso apegarnos a éstos para poder notar lo diferente y, casi por default, lo que es potencialmente peligroso.

Es así que hemos ido desarrollando mecanismos similares a los fusibles que nos apartan del peligro de una sobrecarga de consciencia; muchos dirán que sería padrísimo ser súper consciente, pero nada más por joder les recuerdo lo que se siente cuando alguien nos restriega en la cara todo aquello que evitamos ver que nos hubiera evitado meter la pata.
En fin, como siempre, me voy por el camino largo para llegar al cine.

Tal vez muchos de ustedes recuerden una película reciente de Luc Besson, Lucy, con la fabulosa Scarlett Johanson; para quien no la tenga en la memoria o no la haya visto, se trata de una chica que estudia en Taipei y se ve involucrada en el tráfico de una droga poderosísima que es el equivalente sintetizado de una enzima que produce una mamá en el embarazo, que tomada en dosis de fuertes a cañonazos expanden la conciencia a todo lo que da (jugando con una falacia que dice que el ser humano sólo usa el 10% de su cerebro, juego que es válido en una ficción de Besson a quien admiro porque arma excelentes películas de acción que parecen tener el respaldo de una buena historia)… ¿No la han visto o ya la vieron? Pues hay que verla o volver a verla.


Sirva Lucy de contraste para entender mejor cómo es que hemos pasado a admitir y hasta apapachar tantos filtros que nos hacen tolerable la realidad; sin esos filtros, la mayoría de nosotros se fundiría, literalmente. Por eso a veces hasta me da ternura escuchar a esos profetas que ofrecen la revelación en un curso de tres horas, el contacto con las verdades profundas mediante un panfleto, la luz al final del túnel en una conferencia; nos ofrecen consuelo pero nadie se atreve a ofrecer plena consciencia. No está bien ni está mal.

La realidad es que somos a media luz y para seguir así, falseamos la memoria o elegimos momentos estelares que nos resultan cómodos (aunque ronden en lo más oscurito de la sombra esos fantasmillas que meten miedo y se regodean jalándonos las patas). De lo que vivimos guardamos apenas unos cuantos detalles, algunos para seguir la rutina y otros para mantener la identidad.

Pero me he desviado de nuevo, a ver, vamos al cine como habíamos planeado.

En nuestra vida cinéfila hemos visto una cantidad de películas buenas, regulares y malas una cantidad que nos asombraría si fuéramos tan ociosos como para hacer un recuento; y no quiero ni pensar lo que dirían nuestro padres y maestros si con este dato se pusieran a sacar cuentas de tiempo hombre destinadas a ver películas en lugar de ser gente de provecho para uno y para la humanidad.

Pero, como en todo, conservamos recuerdos precisos apenas unos cuantos, y pelos y señales sueltos y diversos que funcionan como indicios tipo CSI si queremos armar un recuerdo.

Esos momentos generalmente tienen qué ver más con los valores (o la falta de estos) cinematográficos de una película. Sin duda, hay otros factores que asocian una escena o secuencia con algún momento especial de nuestra vida, pero prevalece en importancia la forma en que está presentado el pasaje.

Le pregunto: ¿Qué película ha sido muy importante en su vida, por qué, qué parte de esa película lo estremeció?




Recuerdo una película de griegos en la que brotaban esqueletos de la tierra; veo a Mesala arrastrado por los caballos, veo a Lawrence de Arabia histérico gritando ¡Akhaba!, veo a Brigitte Bardot encueradita como bebé sobre una cama, veo a Gene Kelly y a Malcolm McDowell cantando bajo la lluvia con propósitos y efectos diversos, veo el juego de luces y el punto constante de fuga de 2001 Odisea del espacio, veo la mano que se acerca al revólver a las 12 del día, veo el Mustang y el Charger volando de callle en calle de San Francisco, veo a un hombre que no lo es agonizando con una paloma en la mano diciendo que todo lo que ha visto desaparecerá como lágrimas en la lluvia…

Sin embargo, todos esos momentos de nuestra experiencia cinéfila son en verdad parte de nuestra experiencia como individuos; no seríamos quienes somos sin esos momentos.

El cine, como la pintura, la música, la danza, el juego, la literatura, están en lo que somos; nuestra vida es tan pobre o tan rica como se nos antoje… Cada quien elige en dónde quiere encontrar posibles recuerdos; mañana, cuando llegue el último momento, dicen, uno verá en un instante su vida como una película.


Ya es cosa de uno si es película de ficheras o de vaqueros o de comedia romántica.


viernes, 20 de enero de 2017

En qué se diferencian Joseph Mengele y Javier Duarte

Federico Urtaza

Hace muchos años (¡Ufff! Sí que va uno acostumbrándose a la frasecita), pasaron una película de nombre Los niños de Brasil (Franklin J, Schaffner, 1978), basada en una novela de Ira Levin, sí el autor también de la novela El bebé de Rosemary en la que se basó Roman Polanski para hacer una película memorable.


Iba a decir que no me referiría por la Película de Polanski al diablo; pero resulta que nadie puede negar que ha estado metiendo la cola, las patas y los cuernos en todos lados, de manera descarada, sin tomarse la molestia de ser el tradicional seductor del mal; no, no se trata esta nota de tan siniestro personaje, pero no puedo dejar de percibir al clásico hedor azufroso en mucho de lo que sucede.

El asunto es que en Los niños de Brasil, con las actuaciones de Gregory Peck y Sir Lawrence Oliver, el primero la hace del malvado sin parangón (no hasta ahora) doctor Joseph Mengele, alias “El ángel de la muerte”; y el segundo de un cazador de nazis.

Para quien no lo sepa, que mucho se olvida por estar aturdidos de la abundancia sobrehumana de información en el presente y la banalidad del consumismo para el que el sistema nos entrena y nos frustra, Mengele fue un nazi (por decir los menos y a manera de etiqueta) quien experimentó con humanos (principalmente niños, gemelos, dementes, discapacitados de todo tipo, en fin lo que los nazis consideraban prescindibles por raro capricho de la naturaleza y por ende productos degenerados) recurriendo a métodos muy cabrones (no hay otra manera de calificarlos), bajo el supuesto de avanzar en estudios de genética.

Sus víctimas eran, por supuesto, prisioneros de los campos de concentración que Hitler y sus achichincles instalaron en su casi fugaz Reich.

Al finalizar la guerra, se hizo la desbandada de criminales y en un atroz efecto cucaracha salieron a refugiarse muchos de ellos no en países amigos, propiamente dicho, sino en países con dictaduras o regímenes muuuy amigos (gracias a la simpatía ideológica y, claro, al oro del que bien se dotaron los jerarcas nazis, previsores ellos); de muchos de ellos se sospechaba el paradero, algunos fueron atrapados y juzgados, y otros murieron tranquilamente.

Así, resulta que Los niños de Brasil nos cuenta del cazador de criminales de guerra nazis da con el paradero del siniestro doctor Mengele, quien se ha refugiado en la selvas sudamericanas; pero eso no es todo, porque el mentado Ángel de la Muerte trabajó en un proyecto ultra secreto destinado a asegurar la presencia nada menos que de Adolfo Hitler… 

No, no prolongándole la vida, nada de eso, el que muere, muere, y no hay de otra, sino a través de ¿qué creen?, a clonación con lo que crea varios sujetillos que son instalados en varios hogares con condiciones similares a las del hogar de Fitín con el propósito de  producir a su digno sucesor y adelante con el Reich de Mil Años.

En consecuencia, como quiera que sea, Mengele por muy hijo de puta que fuera, era un científico (lo que no lo disculpa en modo alguno) y podemos suponer que en su ambición personal también había rastros de filantropía nazi (vamos, como tanto otros, estaban convencido de estar salvando a la humanidad, así fuera exterminando a quienes ¿adivina?, habían sido decretados no humanos).

No dejaré de mencionar otra película que toma como personaje al perverso Mengele: El médico alemán (Lucía Puenzo, 2013), excelente producción argentina que merece un artículo por separado.


Años antes, unos cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se estrenó una película (una de mis favoritas) de nombre El tercer hombre (Carol Reed, 1949), basada en una novela de mi admirado Graham Greene, cuya acción transcurre en la Viena arruinada de la post guerra, a donde llega de visita propagandística un escritor de novelas vaqueras (Joseph Cotten) quien busca a su antiguo conocido (ni siquiera su amigo) Harry Lime (Orson Welles).

En esas andanzas, el novelista parece estar persiguiendo un fantasma en una Comala centroeuropea, y poco a poco se va enterando de la alimaña que es el famoso Harry, precursor maloso de las tortugas ninja, que prácticamente habita en el sistema de alcantarillado vienés.


Cuando se encuentra con el fantasma Harry Lime, éste es un cínico hijo de puta, cabrón de siete suelas, vamos un criminal de post guerra, que trafica en el mercado negro de todo lo que se pueda conseguir y para lo que hubiera necesidad (en ese tiempo, todo), en particular traficando con penicilina adulterada…

¡Riiiiiing! ¿Le suena familiar?

Traigo a cuento estas dos producciones por el caso Javier Duarte, conocidísimo maleante (que sea político es circunstancial, por sus actos se nota que en esencia es un pillo de la escuela y el nido de Fidel Herrera), que toleró y propició y se benefició de una creciente lista de trapacerías, entre las que destaca por lo ofensivo que resulta para la dignidad y salud de las personas las quimioterapias apócrifas para niños y las no menos falsas pruebas de VIH.

Uno no entiende cómo alguien que se mueve en este mundo al igual que nosotros sea capaz de cometer tales crímenes; sin disminuir la gravedad de los hechos, no está por demás tomar en cuenta que los tiempos en que vivimos son propicios para lanzarse en pos de satisfacer la ambición personal a costa de lo que sea: siempre tendrá el gandalla un amplio catálogo de pretextos, justificaciones y hasta mandamientos, que van desde el “no va a pasar nada” al “no estaba enterado”, “alguien más lo habría hecho”, “me vi forzado”, “de todas maneras se van a morir” y un larguísimo etcétera que, desafortunadamente aunque con consecuencias acaso menores pero no menos reprochables, aplicamos en la vida cotidiana cuando queremos salirnos con la nuestra.

Los asesinos, los defraudadores, los ladrones, los violadores no se dan por generación espontánea; donde la proclividad a actuar mal coincide con la tolerancia y las aspiraciones sancionadas y alentadas por la sociedad, ese tipo gente.

A veces la indignación, el asombro dolorido nos limitan el vocabulario, tendemos a usar símiles; por eso ahora hago la distinción entre Mengele y Duarte, no porque no sean unos criminales sin disculpa, sino por la naturaleza de los actos de cada uno pues como he señalado, el primero fue cruel, despiadado con sus sujetos de experimentación, pero aun así se amparaba con una causa que se declaraba salvadora de la humanidad (y, de hecho, aunque sea terrible, muchos de esos experimentos sirvieron de base para avances médicos); así, en realidad Javier Duarte se asemeja más a Harry Lime, actuando por dinero, no hay de otra, no hay siquiera una justificación ideológica.

Que Mengele, Lime y Duarte (y sus achichincles cómplices) sean unos desalmados hijos de puta, nadie lo duda, en eso sí que se parecen.



Ah, pero si todo hubiera sido sólo dinero, quién sabe si no hubiera habido admiradores secretos del criminal Duarte, como los ha habido del Chapo extraditado y otros delincuentes. 

martes, 10 de enero de 2017

¿A dónde se fueron las utopías?

Federico Urtaza

Como en la divertida novela de Emilio Carballido, El tren que corría, siempre vamos en pos del futuro y, lo más chistoso, es que no sólo lo alcanzamos sino hasta que lo dejamos atrás.

Y ahora que menciono “tren”, me vienen a la memoria imágenes cinematográficas que recurren a este medio de transporte (o similares, como el metro) bien sea como personaje, por así decir, o principal locación; por supuesto ahí está El general (Buster Keaton, 1926), El tren (John Frankenheimer, 1964), Asesinato en el Expreso de Oriente (Sidney Lumet, 1974), Nevada Express (Tom Gries, 1975), El gran robo del tren (Michael Crichton, 1979), El tren del escape (Andrei Konchalovsky, 1985), Rescate del metro 123 (Tony Scott, 2009), Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 1975), El expreso del miedo (Bong-Joo Ho, 2013) y Tren a Busan (Yeon Shang-Ho, 2016).




No sé, se me ocurre que el tren en marcha es algo parecido a la película cinematográfica; digamos que los vagones son los fotogramas y tanto el tren como la película requieren del movimiento.



Así, el tren es un espacio confinado, por definición en movimiento y con un destino establecido pero al que quién sabe si arribará (esa es la cuestión para ponerle suspenso); y sucede que los trenes están sujetos a horarios, al rigor implacable del tiempo. Así, un tren siempre va a un después en un continuo presente en el que transcurren los pasajeros, la carga y la tripulación. Como en la vida.

En el viaje, a menos que uno vaya a la velocidad de la luz o una próxima, se puede confiar que se llegará en este planeta tierra en unas horas, máximo días. El futuro esperado, valga la expresión, está cerca, así que casi casi está en un presente distendido.

Pero no vengo a hablar de trenes, no ahora, sino de la carrera, del ir en pos. Es por ello que decía que a veces sucede que encontramos el futuro como un recuerdo, algo que a los aficionados a la ciencia-ficción sea en cine o literatura nos resulta familiar.

Como aquí nos ocupamos de cine, pienso en 1984 (Michael Radford, 1984), o en tantas otras de catástrofes que debieron ocurrir en el 2000, o en el dato curioso sobre el nacimiento de Roy Batty en enero de 2017, personaje de Blade Runner (Ridley Scott, 1982).


Y es que para le especulación resulta conveniente establecer que el viaje en nuestro tren de la vida ya llegó o ha pasado por una estación que está en ese futuro que quedará atrás en algún momento, a menos que se llegue al fin de los tiempos (toco madera).

Antes, para hablar de esos escenarios en un mañana bastaba mencionar que ocurría la acción “en un futuro”; bueno, pues a últimas fechas se ha puesto de moda la palabra “distopia”, que no es sino lo opuesto a “utopía”, lo que la hace sonar muy mal y amenazadora.

Hay que resaltar que el recurso del tiempo y una sociedad futuros han sido aprovechados cuando la denuncia de condiciones específicas o de la general de la condición humana tocan la piel sensible de quienes prefieren reprimir las libertades de pensamiento y de expresión de las ideas. Es un juego que a los censores les ha dado manga ancha o los ha acorralado pues convencionalmente la obra en cuestión es tan ajena a la realidad como Los viajes de Gulliver o El hobbit.

Esto nos lleva a pensar cómo es que se han puesto de moda las historias que ocurren en sociedades distópicas; acaso el miedo al Gran Futuro que es la muerte se balancea en la cuerda floja de un destino estructurado con rigor implacable y opresivo.

Últimamente ha sido mencionada la película The lobster (Yorgos Lanthimos, 2015) tanto por su tema y el desarrollo de éste con un guion ejemplar llevado rigurosamente a la pantalla.


Si uno se preguntara si es posible presentar en una película la pregunta “¿de qué somos capaces por amor?” en The lobster (Langosta) la respuesta desafía nuestras convicciones.

La acción transcurre en una sociedad distópica (por supuesto) en el futuro cercano (pues claro), en la que por ley la gente debe tener pareja o, de lo contrario, pasar a una especie de hotel donde deberá durante 45 días encontrar a su media naranja… De ser un “forever alone”, mala noticia: el soltero empedernido será cazado (sí, con “z”) y convertido en el animal que previamente habría elegido, aunque si logra librarse de los cazadores que son los mismos huéspedes, le queda la posibilidad de vivir emboscado en compañía de otros como él o ella.

Lo curioso del asunto es que mientras los huéspedes se empeñan en “enamorarse” de su “alma gemela” y la administración se encarga de mostrarles que una persona sola es una aberración, afuera en el bosque la comunidad de prófugos se conduce en una especie de atonía afectiva que de ser violentada puede acarrear la muerte.
A lo largo de la película la gente se comporta de manera fría, impostada, distante; da lo mismo si son huéspedes o prófugos: la afectividad es irrelevante y, por ende, descartada en el caso de las parejas porque lo importante es tener pareja y en el caso de los emboscado porque el afecto es la pus de le herida putrefacta de la relación de pareja prescrita por el sistema.

Creo que en este caso podemos pensar que el cuestionamiento no va dirigido hacia las relaciones de pareja, sino como se están dando esas relaciones; así, el amor romántico no sólo se considera como “fantasioso”, sino poco “práctico” y hasta demente. A veces uno se encuentra en situaciones que bien ilustrarían la conveniencia propugnada por Bentham, así que el amor romántico, desinteresado parece fuera de toda consideración ya no digamos en el futuro o en el presente, sino en toda nuestra historia. Esto se convierte en tesis en esta película, en especial en dos momentos cuando la pregunta es: “¿Hasta dónde llegarías por amor?”


En la vida real la respuesta es variada, aunque eso sí, el amante incondicional es tomado más como caso clínico y carne de pabellón psiquiátrico.