"En las plazas del porvenir -tal vez las mismas que las nuestras-,
¿qué elíxires serán pregonados?
Con etiquetas diferentes, los mismos que en el Egipto de los faraones;
con otros procedimientos para hacernos comprar los que ya tenemos."
Álvaro de Campos
El insomnio es un demonio que brinda la tentación de la genialidad y la revelación instantáneas, aunque fugaces; apenas llega la claridad real, a veces atroz e innegable del día, lo pensado, las soluciones que en el paréntesis del sueño nos parecieron contundentes, rotundas, se muestran como girones de niebla, hilos de baba seca. Ceder a la tentación confiando en lo que el demonio del insomnio ofrece lleva como consecuencia descubrir que se puede ser más estúpido y necio que a la luz del día. Casi siempre.
A veces ocurre que el insomnio, cuando se da en ausencia de angustias y preocupaciones, es una invitación a soltar el pensamiento en un juego sin más propósito que pasar el tiempo en lo que se recupera el bostezo de buen augurio que conduce a acomodarse en la cama, relajar el cuerpo y cerrar los ojos para regresar a la nada del sueño.
Cuando el demonio del insomnio descuida sus deberes ya no hay tentación sino que deja la pelota en nuestra cancha para que hagamos, sin intercambio necesario, lo que con ella nos plazca.
Es entonces que a veces se dan encuentros afortunados con algún libro que, como todo libro a fin de cuentas, tiene al menos una frase para el lector inadvertido. Así encontré los versos de Álvaro de Campos, ese poeta ficticio que Pessoa construyó para encontrar al Pessoa verdadero.
En el primer verso escuché los eufóricos tintineos tan propios de Ray Bradbury; de pronto, sugiere optimismo en el progreso; de pronto, apenas se termina la lectura del verso se tiene la sensación (ya se presiente la epifanía) de que el optimismo está a punto de quedar cuestionado y el futuro se anuncia en esa pobreza que, a final de cuentas, casi siempre nos muestra.
Cuando terminé la lectura del cuarteto, recordé que en Bradbury también hay esa nostalgia por el futuro que no será como era imaginado; recordé también ese optimismo escéptico que aprendí en la lectura ya lejana (aunque de recurrente visitas hasta el día de hoy) de El retorno de los brujos de Pauwels y Bergier (perdóneseme la levedad).
El futuro no puede depararnos sorpresas si no las preparamos desde ahora; no debemos confundir el progreso con lo milagroso. En la ingenuidad que nace de lo mezquino, de nuestra falta de voluntad para hacer algo incluso por nosotros mismos esperando que alguien, sea terrenal o celestial, nos componga la vida (sea como individuos o como naciones), nos soltamos en el río de la vida, "nadamos de muertito."
Para completar la idea cn mejores palabras que las mías, ofrezco completo el poema de Álvaro de Campos/Pessoa:
"En las plazas del porvenir -tal vez las mismas que las nuestras-,
¿qué elíxires serán pregonados?
Con etiquetas diferentes, los mismos que en el Egipto de los faraones;
con otros procedimientos para hacernos comprar, los que ya tenemos.
Y las metafísicas perdidas por los rincones de los cafés de todas partes,
las filosofías solitarias de tanta buhardilla de fracasado,
las ideas casuales de tanto casual, las intuiciones de tanto don nadie,
quizá un dá, con fluido abstracto y sustancia implausible,
formen un Dios y ocupen el mundo.
Pero ahora no existe, no existe para mí,
el sosiego de pensar en las cualidades de las cosas,
en los destinos que no desvelo,
en mi propia metafísica, que es mía porque pienso y siento.
No hay sosiego,
¡y lo hay tan claramente en las grandes montañas al sol!
¿Lo hay? En las montañas al sol nada hay del espíritu.
No serían montañas, no estarían al sol, si lo hubiera.
El cansancio de pensar, que llega hasta el fondo de existir,
me hizo viejo anteayer con un frío que tengo hasta en el cuerpo.
¿Qué ha sido de los propósitos perdidos y de los sueños imposibles?
Y ¿por qué ha de haber propósitos muertos y sueños sin razón?
En los días de lluvia lenta, contínua, monótona, una,
me cuesta levantarme de la silla en la que me senté sin darme cuenta
y el universo se hace absolutamente hueco en torno a mí.
El tedio que llega a constituirnos los huesos me ha empapado el ser
y la memoria de alguna cosa que no recuerdo me ha aterido el alma.
Sin duda en las islas de los mares del Sur es posible el ensueño
y los arenales de todos los desiertos recompensan un poco a la imaginación;
pero s en mi corazón sin mares, islas ni desiertos donde siento,
es en mi alma vacía donde estoy,
y me narro prolijamente sin sentido, como un necio en estado febril.
Furia fría del destino,
intersección de todo,
confusión de las cosas con sus causas y efectos,
consecuencia de tener cuerpo y alma,
y el son de la lluvia llega a ser yo, y es oscuro.
(Fernando Pessoa, Antología de Álvaro de Campos, Traducción y selección de José Antonio Llardent, Alianza Editorial, 2008)
Wikipedia
Resultados de la búsqueda
domingo, 9 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
Darse la oportunidad
Desde la última entrada de este blog supongo que a todos nos han sucedido cosas (muchas, pocas, da lo mismo); por mi parte, me he convencido de que nadie cambia, en el mejor de los casos, se aprende (o no, hay quien tiene problemas más o menos graves de aprendizaje, de adaptación a la realidad).
Por mi parte, estoy aprendiendo una manera de estar vivo o, si se quiere, de sobrevivir; nada del otro mundo, es verdad, pero cada uno vive sus pequeñas tragedias y sus mínimos éxitos de un modo que a uno le parece abrumador.
Ahora, en estos momentos, los recuerdos (los buenos y los malos) son como un camino que debo recorrer para seguir mi viaje personal. Con lo bueno se siente la tentación de volver al paraíso perdido (como si hubiera habido uno, que la felicidad por nebulosa que haya sido siempre es una atracción poderosa); con lo malo se trata de exorcisar la fuerza de la tentación y los diálogos que uno arma en su cabeza pueden ser alrmantes por su vertiginosidad.
En mi caso, jamás he podido armar una historia de ficción a partir de mis experiencias directas, mis vivencias; tal vez sea una manera de protegerme y proteger a los que me rodean. En el mejor de los casos, como tantos otros, recurro a textos ajenos en los que me encuentro a través de la lectura y, si algo me hace click, adopto la frase que me parece adecuada y la comparto como si se tratara de un mensaje en cifrado que sólo comprenderá (y eso quien sabe) quien posea la clave.
Eso explica mi manía de insertar palabras prestadas sin recato pero casi siempre refiréndome al autor, mi proveedor; ahora, me gustaría referirme a un poema de Yeats que traduje hace años, "La canción del errante Angus", cuya última línea le da título a un libro de Ray Bradbury "Las doradas manzanas del sol."
La anécdota del poema es sencilla, lo que no lo priva de su riqueza: una noche, un tal Angus sale a pescar en el bosque, arma su caña, la línea y coloca la carnada... está en eso y escucha su nombre en la voz de quien resulta ser una hermosa mujer quien se le acerca y lo besa tiernamente... y desaparece... a partir de ese momento, la vida de Angus se vuelve un viaje infinito en busca de la mujer, un viaje al que se ha resignado con la esperanza de encontrar el paraíso perdido donde y cuando puedan él y ella cosechar las plateadas manzanas de la luna y las doradas manzanas del sol... y eso es todo.
Asígnele el lector el significado que le parezca a Angus, la mujer, el encuentro, la desaparición y el deseo de recobrar lo perdido, pero a cada uno le sonará como historia conocida, profundamente propia.
Esa es la ventaja de la poesía, que nos enfrenta a la vida propia con palabras que al principio nos resultan extrañas y ajenas, pero que sin duda nos instan a reconocerlas hasta encontrarnos en ellas con asombrosa precisión, como si las hubieéramos escrito con seudónimo.
Me veo en ese Angus del poema que a diferencia de muchos, tuvo la oportunidad de un encuetro fabuloso, aunque también la pérdida... y se dió la oportunidad de darle sentido a su vida siguiente gracias a la esperanza.
Por mi parte, estoy aprendiendo una manera de estar vivo o, si se quiere, de sobrevivir; nada del otro mundo, es verdad, pero cada uno vive sus pequeñas tragedias y sus mínimos éxitos de un modo que a uno le parece abrumador.
Ahora, en estos momentos, los recuerdos (los buenos y los malos) son como un camino que debo recorrer para seguir mi viaje personal. Con lo bueno se siente la tentación de volver al paraíso perdido (como si hubiera habido uno, que la felicidad por nebulosa que haya sido siempre es una atracción poderosa); con lo malo se trata de exorcisar la fuerza de la tentación y los diálogos que uno arma en su cabeza pueden ser alrmantes por su vertiginosidad.
En mi caso, jamás he podido armar una historia de ficción a partir de mis experiencias directas, mis vivencias; tal vez sea una manera de protegerme y proteger a los que me rodean. En el mejor de los casos, como tantos otros, recurro a textos ajenos en los que me encuentro a través de la lectura y, si algo me hace click, adopto la frase que me parece adecuada y la comparto como si se tratara de un mensaje en cifrado que sólo comprenderá (y eso quien sabe) quien posea la clave.
Eso explica mi manía de insertar palabras prestadas sin recato pero casi siempre refiréndome al autor, mi proveedor; ahora, me gustaría referirme a un poema de Yeats que traduje hace años, "La canción del errante Angus", cuya última línea le da título a un libro de Ray Bradbury "Las doradas manzanas del sol."
La anécdota del poema es sencilla, lo que no lo priva de su riqueza: una noche, un tal Angus sale a pescar en el bosque, arma su caña, la línea y coloca la carnada... está en eso y escucha su nombre en la voz de quien resulta ser una hermosa mujer quien se le acerca y lo besa tiernamente... y desaparece... a partir de ese momento, la vida de Angus se vuelve un viaje infinito en busca de la mujer, un viaje al que se ha resignado con la esperanza de encontrar el paraíso perdido donde y cuando puedan él y ella cosechar las plateadas manzanas de la luna y las doradas manzanas del sol... y eso es todo.
Asígnele el lector el significado que le parezca a Angus, la mujer, el encuentro, la desaparición y el deseo de recobrar lo perdido, pero a cada uno le sonará como historia conocida, profundamente propia.
Esa es la ventaja de la poesía, que nos enfrenta a la vida propia con palabras que al principio nos resultan extrañas y ajenas, pero que sin duda nos instan a reconocerlas hasta encontrarnos en ellas con asombrosa precisión, como si las hubieéramos escrito con seudónimo.
Me veo en ese Angus del poema que a diferencia de muchos, tuvo la oportunidad de un encuetro fabuloso, aunque también la pérdida... y se dió la oportunidad de darle sentido a su vida siguiente gracias a la esperanza.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)