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miércoles, 13 de mayo de 2009

Para escuchar libros

Leer siempre será, al menos para mí, un acto fundamental. Soy de esos necios que sigue necesitando el olor y la textura de un libro (aunque ya no huelen igual y el papel casi se evapora). Sin embargo, a pesar de que un libro conduce a otro, llegué a varias lecturas por haber escuchado los textos; recuerdo en especial la voz de Juan López Moctezuma leyendo en radio la novela Drácula de Bram Stoker (¿puede haber otra?) y gracias a eso he podido leer y releer la novela con infinito gusto, con ese timbre siniestro que le dio López Moctezuma; asimismo, algunos poemas de Sabines o novelas de Alejo Carpentier he podido disfrutarlos aún más al recordar la resonancia de su voz.
El asunto de los audiolibros es algo que me ha inquietado precisamente por mi fijación por el libro tradicional, pero debo reconocer que escuchar nos da otra perspectiva (¿se podrá decir esto al hablar en términos no visuales?); en fin, el caso es que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha emprendido un proyecto cultural que sin duda habremos de celebrar y agradecer; desde la Coordinación de Difusión Cultural con el entusiasmo de Saltiel Aalatriste y la siempre juiciosa Myrna Ortega, han juntado la palabra impresa y leída de tal manera que se puede contar con un gran catálogo literalmente con un simple click para bajar material y aprovechar las nuevas tecnologías en uso, algo así como que en lugar de ir por la vida con música de fondo se avanzara con un texto susurrado al oído.
Poco más les puedo decir que sea mejor que la experiencia de encaminarse a la página web http://www.descargacultura.unam.mx/.
No me agradezcan el tip, agradézcanselo a la UNAM y su gente; vale la pena oir algo de literatura ahora que pareciera que el mundo (por fin y de nuevo) se va a acabar.

martes, 12 de mayo de 2009

El camino sin fín

El camino del sueño
Federico Urtaza

¿Es posible soñar en estos días, cuando experimentamos la realidad como una piedra en el zapato que a cada instante crece, hasta sentirla como una lápida? Da lo mismo si existe esta posibilidad o no, lo que sí queda claro, es que hace falta soñar y, más aún, luchar por lo que se sueña. Este asunto de los sueños es lo que distingue a los hombres de los ratones; para ilustrar el caso, me remito, primero, antes de entrar en materia, a T.E. Lawrence, el de Arabia: “Todos los hombre sueñan, pero no todos sueñan igual. Aquellos que sueñan durante la noche, en los polvorientos nichos de sus mentes, despiertan por la mañana para encontrar que todo fue vanidad; pero los que sueñan en el día, estos son los peligrosos, porque sueñan con los ojos abiertos para hacer que esos sueños lleguen a ser una realidad.”

Soñar, pero también perseverar; así que ahora, ya en materia, cito a Alessandro Baricco: “¿Sabe?, la gente vive muchos años, pero en realidad está vivo sólo cuando consigue hacer aquello para lo que nació. Antes o después no hace otra cosa que esperar y recordar.”

La novela “Esta historia” del italiano Baricco, autor de una buena cantidad de novelas entre las que prefiero “1900” y “Seda” (ambas llevadas a la pantalla), nos habla de la realidad y los sueños y lo hace en un modo tal, que una y otros se vuelven algo similar al horizonte oceánico donde no se nota la línea divisoria entre el cielo y el mar.

El contexto de la historia comienza con la descripción del paso de autos de carrera por un pueblo francés en 1903; la prosa pareciera atorarse y soltarse como para hacerle sentir al lector la manera como se desarrolla la carrera, con accidentes y todo. La historia continúa para llevarnos a Italia, en 1904, cuando el protagonista, Ultimo Parri, tiene siete años de edad y es conducido por su padre ante el establo donde habrá de enterarse que su vida nada tiene con el campo; aquí es donde, de verdad comienza el cuento.

Ultimo es un niño “raro”, de esos que tiene la “sombra de oro”; esa característica lo hace sobresalir de un modo discreto; durante su infancia, mientras con su padre emprenden la aventura de instalar un taller mecánico que repara bicicletas sólo como ejercicio de paciencia en tanto llegan los automóviles que son el verdadero motivo para haber instalado el taller, Ultimo aprende el duro oficio de vivir pero también se le revela su sueño.

Hay instantes en la vida de una persona que la marcan, son algo así como sus “momentos estelares” que sirven de referencia en un largo viaje hacia la propia realización; esas señales indican el pasado y sugieren el rumbo que se habrá de seguir; así, para Ultimo hay tres momentos especiales: cuando con su padre, conduciendo este una camioneta de carga, vuela por unos instantes al trasponer un bordo, cuando, también con su padre, rodea en paseo casi infinito una cuadra en medio de la niebla, cuando presencia una carrera de autos en un camino terregoso.

Bien se dice que infancia es destino, al menos es ciertísimo en el caso de Ultimo, pues en los siguientes capítulos, sin importar lo que sucede, el protagonista se nutre de su sueño (que no revelaré) y pasa en medio de la primera guerra mundial, la que nos es descrita por Baricco con magistral ferocidad, para luego encontrarse en Estados Unidos, donde conocerá a Elizavetta, hija de la nobleza rusa emigrada tras la revolución bolchevique, quien a lo largo de un muy curioso diario da cuenta del carácter algo enigmático de Ultimo. Por cierto, la propia historia de Elizavetta sirve de contraste pues ella es una mujer próxima a la amoralidad mientras que Ultimo, si bien no es un hombre que vive en blanco y negro, se guia por cierta ética que subraya su personalidad introvertida.

Hacia el fin de la novela, Baricco nos narra, a través de Elizavetta, el cumplimiento del sueño de Ultimo; se trata de un relato en el que se combina algo de rispidez con una profunda nota de nostalgia. De verdad, la gente espera o recuerda, así sucede.

Así sucede.

Alessandro Baricco, Esta historia, Anagrama, Barcelona, 2006.

George Steiner, profesor de lectura

La degradación es el signo de la derrota del hombre ante la barbarie; cuando se vive con miedo, cuando la vida, los afectos, el patrimonio o el futuro se ven amenazados, el miedo es la única certeza. Así, el miedo se vuelve casi el único impulso, se experimenta constantemente, se respira, se actúa con miedo y la agresión es la conducta defensiva más común.
En un ambiente donde priva el temor, se deja de pensar bien; se impone la malicia y, como en un profundo y constante estado de guerra, se guarda silencio y éste únicamente se rompe sólo con exclamaciones de dolor, ira o para mandar en el ataque. Con miedo, se rompe todo diálogo, salvo el de las miradas que miran en todas direcciones buscando una nueva amenaza.
En un ambiente donde priva la inseguridad, de la naturaleza que se quiera, la inteligencia se vuelve superflua si no se orienta a la estricta supervivencia; así, se deja de vivir.
Las condiciones en que se vive en el país sugieren una zona de guerra en la que, como suele suceder en todo conflicto bélico, los civiles son los más perjudicados, son las víctimas de los contendientes. Sin duda, lo que acabo de escribir está teñido de catastrofismo, es mi modesta versión del Apocalipsis, versión que me es sugerida al contrastar la lectura de los diarios con la de un libro cuyo autor confía en que la cultura, con todas las amenazas que enfrenta, es lo que más a mano tenemos para salvar nuestra dignidad.
George Steiner, nacido en Viena en 1929, de donde salió con su familia para huir del nacimiento y auge del nazismo; educado en París y Chicago, políglota y apasionado en especial de la literatura, se declara profesor de lectura. Sin embargo, dejando a salvo su modestia, resulta que Steiner es un crítico de la literatura universal y en general de la cultura, actividad que lo muestra como un hombre de una gran inteligencia y de una sensibilidad humanista.
Un ejemplo de la muy amplia obra de George Steiner y acaso una gran puerta para entrar a la misma, lo tenemos en un libro de reciente publicación de Los logócratas, que reúne una atinada muestra de sus ensayos, entrevistas y relatos.
En el primer texto, el que me ha sugerido esta nota, Steiner hace un análisis del origen del lenguaje; en particular, asocia la corriente que sostiene que el lenguaje precede al hombre, con el autoritarismo.
Los ensayos siguientes nos hablan de Walter Benjamin, tres mitos que confrontan la música y la palabra, y luego abre un apartado intitulado Los libros nos necesitan; ahí al mencionar los debates que se hacían en voz baja en algunos campos de concentración, sentencia: “Es a mi juicio esta gran locura, esta adicción al saber y al juego de intelecto lo único que puede al mismo tiempo justificar y asegurar el extraño prodigio de nuestra supervivencia milenaria.”
Para penetrar en la mente de Steiner hace falta (y se disfruta enormemente) leer las dos entrevistas que se incluyen en el tomo que se comenta, para luego pasar a sus “ficciones.” En fin, en medio del miedo que se respira en nuestros días, urge leer y pensar, mirar el mundo, sin fugarse del mismo, de otra manera, como es posible hacerlo a través de las obras que muestran la grandeza del espíritu humano.George Steiner, Los logócratas. Fondo de Cultura Económica / Siruela, México, 2007.
Fuente: Siempre / MéxicoMiércoles, 17 de septiembre de 2008

Para ir adelante

A veces hace falta detenerse, incluso dar marcha atrás para luego avanzar; ¿cuánto y qué se pierde en esa acción? Es imposible saberlo antes de que las cosas hayan sucedido, de que se cuente con consecuencias. Lo que se pierde es irrecuperable. Sin embargo, es posible esperar que la ganancia sea superior a la pérdida. De cualquier manera, la nueva circunstancia es la real, a partir de la cual se puede tener una expectativa y contar con algunos recuerdos.

Sobre otra lectura

Salomón va a Viena
Federico Urtaza

Retomo este texto publicado ya antes en mi blog; un pequeño homenaje a Saramago.

El hombre común no existe. Me explico: para nuestra atención sólo son notorios los nombres que han sido hechos notables gracias a obras como Vidas paralelas de Plutarco, las gráciles reseñas de Hola, los aturdidores reportajes de Proceso o las despiadadas balconeadas de Ventaneando. Sabemos, o eso hemos querido creer, que los paparazzi de todas las épocas y de todo nivel son nuestros oídos y ojos para encontrarnos en los “grandes personajes.” Pareciera que la Historia está hecha no por hombres y mujeres de carne y hueso, sino sólo por nombres emblemáticos a los que atribuimos el efecto de invocaciones mágicas que nos permiten, al pronunciarlas, encontrarnos en situaciones en las que difícilmente estaremos en nuestra vida real.

Insisto, el hombre común no existe porque es imperceptible, no se nota sino cuando hace número; parafraseando a Stalin, cuando muere la Princesa Diana eso es noticia, pero cuando alguien es atropellado por un conductor ebrio, eso es estadística; ser “hombre común” es carecer de identidad, de importancia, de trascendencia. Paradójicamente, encontramos que los medios, la educación, la economía, incluso la cultura, se orientan a ese personaje innominado al que se le atribuyen características ideales de uniforme mediocridad. Importan los consumidores, no la persona individual que tiene sueños, aspiraciones, conflictos, desencuentros, frustraciones, alegrías, necesidades afectivas y materiales…

Existió Adolfo Hitler, pero hay quien tiene la cara dura para negar que existió el Holocausto, por ejemplo, en el que perecieron hombres y mujeres de nacionalidad, credo religioso o político y origen social diversos; vemos la muralla china, pero pasamos por alto la multitud de cuerpos de quienes la construyeron y quedaron sepultados en su basamento.

La literatura no es ajena a esta percepción; más aún, incluso cuando especialmente en los siglos XIX y XX la novela puso énfasis en los personajes “pequeños”, la genialidad de muchos novelistas hizo de esos personajes protagonistas distantes, de nuevo, del hombre común a pesar de ser ellos mismos “gente pequeña.” Pensemos en la novelística centro europea del período de entreguerras o la novelística norteamericana del medio siglo XX en que el hombre común fue prefigurado como el “looser” al que se le niega toda posibilidad de heroísmo o trascendencia; en esa narrativa, se hace un retrato no del hombre común sino de un nicho de mercado.

Ahora que está disponible la reciente fábula de José Saramago, uno puede entender el punto de vista que nos ha proporcionado desde sus primeras obras, en las que el hombre común se enfrenta a situaciones extraordinarias sin abdicar de su propia individualidad, pero logrando una transformación hacia la dignidad, incluso a ese callado y sutil heroísmo del que la Historia no da cuenta, pero del cual dependen los Grandes Nombres.

Para Saramago, existen los Personajes pero sus protagonistas son gente común y bastante corriente; unos y otros comparten ese espíritu quimérico que menciona por ahí Bachelard que ha permitido lanzarse a empresas fabulosas, espíritu que engrandece a los segundos puesto que son ellos quienes viven, gozan, sufren y mueren como marcados por designios inapelables y misteriosos como carne de cañón que de pronto se encuentra por decenas de miles en el desempleo mientras alguien pronostica la catástrofe económica y contabiliza los miles de millones de pérdidas en utilidades de sus empresas, mismas que se alimentan del hombre común. En fin.

En El viaje del elefante, Saramago recupera un hecho histórico, el regalo y envío de un elefante que en el siglo XVI hace el rey Juan III de Portugal a su cuñado Maximiliano de Austria; en ese viaje de Salomón, que así se llama el elefante asiático, se ven involucrados personajes de diferente nota y carácter. La pareja real de Portugal encuentra la manera de salir de un compromiso social, plantean la empresa como ocurrencia de alto ingenio y le dejan la tarea a un grupo de hombres que no se preguntan el sentido de las acciones que se les imponen. Lo notable del relato que hace Saramago es que se percibe un sutil manejo de los anacronismos a través de consideradas intervenciones del autor y, por otra parte, un elegante manejo de los personajes, presentándolos con una sencillez que los hace brillar refiriendo al lector a esa ambigua bonhomía que nos dejó Cervantes con Sancho.

Para mi gusto, es de lo mejor que he leído de Saramago; no sé, tal vez pienso eso porque percibo que Don José ha aprendido y adquirido sabiduría mediante el oficio de narrar y el más arduo de vivir en el mundo, pendiente de quienes le rodean, para quienes escribe y sobre quienes crea sus novelas.

José Saramago, El viaje del elefante, Alfaguara, México, 2008.