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jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuando el pasado nos alcanza

Federico Urtaza



Anoche vi la película El monstruo de la Laguna Negra; confieso, no la había visto aunque el monstruo me era bien conocido desde hace muchos años. Supongo que a muchos cinéfilos y otro tanto de cómic fans nos pasa algo parecido: hay imágenes por así decir icónicas cuyo contexto nativo nos es casi ignoto. Será por eso que cuando uno las experimenta en su ámbito natural, nos siguen asombrando, no sé si por los recuerdos “verdaderos” o por el ansia de tenerlos, como le sucede a los replicantes de una de las top de mi lista de mil y una películas favoritas, Blade Runner de la que se anuncia una secuela.



Confieso además que el aumento del precio de la gasolina, la victoria de Trump (o debería decir, la derrota de los no Trump), el insólito precio de las palomitas en los cine pero, principalmente, lo que ya he señalado, la casi ausencia de salas de pantalla grande donde se exhiban clásicos y no tan clásicos, y en general lo que quepa en la idea de “segunda pasada”, recurro a plataformas digitales, muchas de ellas con excelente material y de muy buena calidad visual y, en el caso que ahora me ocupa MUBI, donde cada mes hay una película que llega y otra que se va, de orígenes, géneros, calidad diversos, lo que por supuesto se agradece muchísimo.

El asunto es que encontrarse uno con una de esas raras películas de los cincuenta del género de ciencia ficción que a pesar de jugar en la cancha de eso que se ha dado en llamar películas de serie B  (concepto cercano a “churro”, supongo, que bien puede encontrar similares en las películas de luchadores, charros, marcianos y/o monstruos y/o espantos diversos, gángsteres, rumberas y etcétera), se han convertido en paradigma del género, para bien y para mal.


Como en todo, sin esos cimientos donde se nota más la intención que el logro, sin duda no habría las asombrosas producciones que año con año aparecen, unas con exceso abrumador y otras con acertada mesura de efectos especiales. Tal vez, como en toda la historia, el desarrollo se alcanza pisando el empedrado de las buenas intenciones.

El monstruo de la Laguna Negra es una película pareja en sus aciertos y fallas; realizada en 1954 en blanco y negro según el gusto del director Jack Arnold, eso sí con gran acierto incluso en las tomas submarinas, se inicia con una secuencia que no deja de resultar insólita: se ve el inicio del universo y una voz en off nos cuenta que las consecuencias de eso se notan ni más ni menos en la evolución (la que se nombra en paráfrasis que para ser interpretada no requiere de genialidad alguna), para luego empezar a meternos propiamente en el tema de la película: la ciencia, los negocios y los buenos sentimientos no necesariamente hacen buenas migas.

Así, en los rumbos del río Amazonas, un paleontólogo (o algo así) encuentra una garra muuuy extraña, la lleva con unos colegas gringos que también trabajan en Brasil y ¡pum!, se arma la expedición con unos cuantos personajes, los suficientes para darnos una historia de amor (libre, por cierto, algo digamos que insólito para la época), celos amorosos y profesionales, optimismo humanista, audacia aventurera, avidez capitalista, y asombro ante el otro (tanto de los humanos como del “monstruo” que no es sino un sobreviviente del período Devónico, es decir, un ancestro que no lo fue y que también, por supuesto, sufre una especie de enamoramiento hacia la chica de la peli).

El guion hace que los diálogos fluyan de manera ingeniosa y que de tanto en tanto alguien suelte una frase profunda o algún chistorete. La trama es muy movida y a ratos suceden cosas que como que no conectan pero, ¿a quién le importa si el monstruo cual coyote acechando al correcaminos emprende acción tras acción para deshacerse de los intrusos y apoderarse de la muchacha quién sabe para qué?


Pero lo importante es que el director Arnold se arriesga a desafiar la cerrazón de su época (que a veces sigue vigente y fortalecida) en cuanto a asuntos científicos, éticos y hasta morales, todo en una película de ciencia ficción que en principio no aspira sino a divertir.

martes, 27 de diciembre de 2016

Cuando lo que falta es heroísmo

Federico Urtaza


Me resisto a ver series porque sé que soy débil y en cuanto me engancho, no me suelto. Pero bueno, a veces vale la pena y si no es así, ya está uno grandecito como para percatarse cuando algo comienza a ser una pérdida de tiempo que ni la moda ni el sentimiento del deber encubren.

Hace algunas semanas, en este mismo espacio, hablé de la serie Westworld, aunque refiriéndome en particular a los traslados del cine a la tele; quise seguir, no pude; habría que pensar el motivo, ya lo haré en otro momento; algo así me pasó con la segunda temporada de True detective a pesar de que la primera temporada es en verdad memorable.

Así las cosas, me encaminé a retomar Black mirror, serie que no lo es propiamente, pues nos es presentada como una “antología” de crítica de la cibernetización de nuestras vidas. No, tampoco acabó de enganchar mi proclividad a la devoción, pero el tercer episodio de la primera temporada me viene a la memoria para ilustrar cómo en nuestro tiempo la ausencia de heroísmo en nuestros actos se traduce en una capacidad abrumadora para hacer hasta lo indecible para alcanzar lo trivial.


En una sociedad distópica (por lo que podemos ver, parece que a estas alturas ya no hay de otro tipo), la gente se la pasa pedaleando para producir energía que sirve para mantener un ambiente de virtualidad extrema en la que se compran sombreros, vacaciones, sexo, para unos monitos que no son sino el avatar de cada individuo que por lo demás, mientras no pedalea habita un cuartito-pantalla donde las 24 horas del día se proyectan video juegos o programas de reality y/o concurso no muy diferente a los que se le ofrece al televidente común y corriente. Ah, pero nunca falta ese que se fastidia con la rutina y poco a poco se desliza a una rebeldía un tanto sin objeto… hasta que la casualidad le proporciona uno: en este episodio, el protagonista conoce a una muchacha que canta como ángel en el baño común para que no la oigan orinar, así que gasta todo su capital para comprarle un pase a un concurso tipo México tiene talento o algo así, pero como la chica es una hermosura, los jueces consideran que si bien canta de fábula, es tan preciosa que nadie repara en su voz así que deciden proponerle el regreso a la esclavitud pedalística o formar parte de un reality porno… Y ella, en toda su inocencia, acepta, lo que saca de quicio a su amigo patrocinador quien decide darle una lección a los jueces y al sistema en transmisión en vivo… Claro que logra el escaparate, pero también venderse bien; el prospecto de héroe acaba en parodia de sí mismo.

Pero como suele pasarme, desvarío y pierdo el rumbo, porque en realidad pensaba ocuparme de una serie que acaba de iniciarse en Netflix, salida de la manga del genial Guillermo del Toro, Troll hunters.


Del Toro es de esos chamacos afiebrados e inquietos que se meten al mundo del cine haciéndole prácticamente a todo, la mejor manera de aprender y comprender. Cuando uno lee en su biografía que dedicó buena parte de su vida a aprender el oficio de maquillista, nota que eso le abrió los ojos y la mente para imaginar no sólo otros rostros, sino otros mundos con todo y sus habitantes. Quien conozca su obra, sabe de qué hablo.

Sin afán de extenderme descifrando el imaginario de este completísimo cineasta, señalo que también está bien compenetrado del comic y sus alrededores, de su estética y su mitología. Eso nos lleva a notar que hay una proclividad a la representación del héroe por razones estéticas y de construcción de personajes y trama, así como por razones éticas como dar lo mejor de sí mismo, enfrentar sus temores y asumir su propio destino.

Troll hunters en su primer temporada confiesa en el nombre el género épico fantástico. Por supuesto que respeta también y con fidelidad las convenciones del género y por supuesto, del cuento en general como lo precisó Propp. El protagonista es elegido para una tarea que al principio rechaza y que poco a poco asume, contando con toda clase de dificultades, antagonistas, aliados, amuletos y talismanes. El sitio es este mundo, un pueblo minero llamado Arcadia en un USA multicultural que coexiste con un submundo también multicultural, una especie de Roma tolkienesca, y el conflicto se da en la necedad de los malos en conquistar el mundo de los no necesariamente todos buenos, pero al fin, humanos.

En los personajes, la trama, lo visual y los beneficios de la animación, se notan la mano y el espíritu de Del Toro. Con episodios de 23 minutos, resulta la serie muy apropiada para niños y pubertos, incluso veteranos como el que esto redacta.

Además, es un respiro (perdóneseme la posición de genero desde la perspectiva masculina y la consecuente incorrección política) en el paseo por el catálogo de películas y series de princesas y plebeyas empoderadas (no niego que hacían falta, pero tampoco que a ratos como que salen sobrando algunos ejemplares). Y conste que asumo el deber de reconocer una referencia que resuena en esta serie, mencionando Buffy, la caza vampiros.


Para mi nieto de 2 años y medio, ha resultado una serie que le activa todo tipo de emociones, supongo que semejante a lo que ocurre en la lectura de los cuentos de hadas como lo ha señalado Bruno Bettelheim, con todos sus efectos impactantemente formativos.

En fin, fans de Guillermo del Toro, a deleitarse viendo esta serie.

sábado, 17 de diciembre de 2016

El silencio al estilo Scorsese

Federico Urtaza

Ahora que está por estrenarse la nueva película de Scorsese sobre misioneros jesuitas en Japón, mentalmente hice un repaso de su obra; de momento, me pareció muy diversificada, pero bien pronto entendí que por diferentes que parezcan sus películas comparadas unas con otras, en realidad tienen un mismo sustrato: el mundo propio de Scorsese.


Bien sean sobre un comediante, un boxeador, pandilleros, gángsters, un niño reencarnado, el cine, un magnate desquiciado, un coyote (más que un lobo) de la especulación, un Cristo tentado a salir corriendo, o un chiflado que hace de su resentimiento el gatillo de su pistolón, Scorsese es de esos cineastas que logra rescatar sus recuerdos para plasmarlos en su producción; dirán qué tiene qué ver Howard Hugues con la vida de este director, seguramente no mucho de manera directa, pero sin duda fue una presencia en su imaginación por tratarse de una persona ya personaje en su propia vida, y así con los recuerdos neoyorkinos de ese niño que como él mismo cuenta, por ser enfermizo veía mucho de la realidad desde su ventana y luego desde una butaca y al salir caminando por el barrio de Queens, en la Pequeña Italia.

Scorsese, pensó ser cura, lo intentó, para mejor preferir ser un devoto cineasta que muestra y demuestra que el creador artístico auténtico no necesita ser un panfletario ni un propagandista para compartir lo que habita en su alma (y uso deliberadamente la palabra “alma” y no “inconsciente” o mente o cualquier cosa así).

Como muchos cinéfilos, espero con ansia ver Silencio. Primero, porque es de Scorsese; segundo, porque se trata de misioneros jesuitas.

No, no soy creyente o, mejor dicho, como dicen que dijo Buñuel (también alumno de jesuitas), soy ateo por la gracia de Dios. Sin embargo, creo en ciertos principios y valores que tienen como materia la mejor convivencia de los individuos de nuestra especie, su sana relación con el mundo en que vivimos y la necesidad de encontrarle sentido a esta tan atribulada existencia que compartimos.

Dicho lo anterior, reconozco que de muchas maneras la escuela jesuita ha sido fundamental en la formación de quien soy, para bien y para mal, en especial por dos personajes como son Ignacio de Loyola y Francisco Javier, éste paradigma del misionero que como otros, buscaron establecer un diálogo con otras culturas, es decir, romper los muros de Europa.

Creo que ese espíritu ha sido bien llevado al cine en cuando menos tres películas muy bien realizadas (bueno, la última por verse, pero casi garantizada por el talento de Scorsese); la primera La misión (1986, Roland Joffé), la segunda Manto negro (1991, Bruce Beresford) y, la tercera, por supuesto, Silencio (2016, Martin Scorsese).

Se podrá objetar que el trabajo misionero fue y ha sido la quinta columna del colonialismo; pues sí, así ha sido y así es, no hay manera de contradecir la aseveración, pero tampoco hay manera de refutar que la historia no se ha hecho desde nuestro ahora, sino el de quienes vivieron en cada época.

El género de ficción histórica incluso en el cine no tiene por qué condenar o ensalzar los hechos del pasado, sino mostrarnos (como lo hace siempre el arte narrativo sólido), la diversidad de las expresiones de la condición humana.

Así, en La misión no se trata de un discurso anticolonialista ni de propaganda católica per sé como de presentarnos la capacidad de un sujeto en el Paraguay del siglo XVI, para salvarse a sí mismo rectificando su camino tras ser un gandalla para asumir la solidaridad fraterna.


Por otra parte, en Manto negro la verdadera misión del joven jesuita es, aparte de tratar de derribar todo tipo de barreras para evangelizar a nativos del este de Canadá, derribar sus propias debilidades y dudas, algo que no muchos logramos a cabalidad.


Por lo que se sabe, en Silencio veremos las peripecias de los misioneros jesuitas que lucharon por convertir a los japoneses también del siglo XVI al catolicismo; muchos de ellos perecieron al pie de la cruz, por así decir, otros prácticamente predicaron en el vacío (y esto me recuerda la aventura del padre Mateo Ricci, quien recurriendo a la técnica de aprendizaje llamada el Palacio de la Memoria, trató de seducir a la corte china y, así, convencer al emperador de que le permitiera predicar entre sus súbditos).


Así como La última tentación de Cristo  está muy lejos de ser un alegato católico ortodoxo a favor de la divinidad de Jesús, presentándolo más bien como un hombre que se enfrenta a un destino que siente que lo rebasa, a la luz de La misión y Manto negro me atrevo a correr el riesgo de apostar que Silencio será otra de las grandes películas de Martin Scorsese en las que se nos muestra al hombre en su grandeza y sus miserias.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Viaje en la banda caminadora

Federico Urtaza

Los remakes me resultan algo así como traducciones o, mejor dicho, puesta al día de una película, algo parecido a lo que se hace, por ejemplo con El Quijote que le maquillan el léxico y la historia para que sea comprensible para quienes no sean Cervantes o españoles del siglo XVI; vaya cosas que hace la gente para a) Vender lo que no es suyo y b) No hacer esfuerzo alguno cual consumidor que se deja querer.

Lo más raro es cuando un mismo director hace dos versiones de su película, como ha hecho Michal Haneke con su Juegos peligrosos, la que dicho sea de paso me confirma que la versión original, la alemana, es mejor y más siniestra que la adaptación/sometimiento a los criterios del cine comercial hollywoodense. Pero bueno, si hasta Buñuel hizo películas de “aliento” olvidadas con razón, para sacar para el “chivo”.



Luego pasan cosas risibles como con el reciente remake de Ben-Hur que resulta más impresionante por la broma de Cinépolis y su concesión dulcera para multimillonarios, que por el tráiler de la película verdadera que, según se puede apreciar a simple y fugaz vistazo es la hollywoodización de una película holliwoodesca, con reiteradas citas prácticamente literales que en cine se llaman homenaje y en literatura plagio (habría que hablar más de esto pues, en cierto modo, ya todo está dicho, pero una cosa es repetir un chiste y otra atribuírselo como hijo de la propia inventiva, que hay quien tiene la gracia de contarte historias de la Biblia como si fuese el mismísimo Dios en la zarza ardiente).

Como siempre, desvarío y no me disculpo por ello; con todo respeto, el que quiera llegar del punto de inicio al punto final, le deseo buen viaje como línea. Pero bueno, regreso a los remakes.

Si el auge de las series como fase superior de las miniseries revela la adaptabilidad de la industria audiovisual, la fusión de cine y televisión con lo bueno y lo malo de uno y otro, replantea también las nuevas (por así decir) maneras de ver cine y televisión; la producción y el consumo van de la mano, que para eso da el mercado. La tele ya no es lo que era (y se tarda en morir lo denezlable) y el cine encuentra otras pantallas que las legendarias de las salas a oscuras.

Así, mientras que se han realizado algunas películas como cereza del pastel del éxito de programas semanales de la tele (pienso en Perdidos en el espacio o El Santo (el británico, no el nuestro), que de plano chafearon en la pantalla de plata), también se están produciendo y exhibiendo series basadas en películas que en su momento tuvieron su éxito y hasta siguen siendo algunas de “culto”.

El exorcista, 12 monos, Hannibal, Bates Motel y Westworld son un buen ejemplo actual de lo que quiero decir y las tengo en mi lista de pendientes pues tiquismiquis como soy, ahí me tienen repasando las películas en las que se inspira cada una de estas series; acabo de ver Westworld, la de 1973, con Yul Bryner (precursor del peinado cabeza lisa), James Brolin (quien de joven parece copia de Christian Bale) y Richard Benjamin, todos concertados tanto por el texto como por la dirección de Michael Crichton (que merece un artículo aparte) y es una película que ilustra el cine de acción, es decir, donde pasan cosas, muchas cosas, con situaciones sacadas de la manga aquí y allá (pero que forman parte de las convenciones del género, junto con la lógica arbitraria).


En consecuencia, y es sólo aquí donde hay el nexo causa y efecto, los personajes nada más son conductores de energías, carentes de profundidad y complejidad; vamos, son etiquetas que le sirven al espectador para identificar al muchacho chicho (perdón por el anacronismo), a su amigo, a su antagonista (casi siempre el malo) y a los estorbos y ayudas propios de estas historias.

Saco a relucir esto pues si de algo se jactan los creadores de muchas de las series actuales, lo importante es el personaje (excepto Juego de Tronos, luego les digo porqué); así que puedo suponer que la serie Westworld representa un salto cualitativo respecto de la película en la que se inspira.


Por lo pronto, ya tengo tarea para el fin de semana: ver la serie. Y la de El exorcista (sí soy fan de la novela y de la película, vaya hasta me gustan precuelas, secuelas y parodias –incluyo en estas la de Dónde está el exorcista y el capítulo de Shrek donde Pinocho es el poseso).


Así que no me hablen, estaré en otro mundo.    

jueves, 15 de diciembre de 2016

¿Qué dices que dice la película?

Federico Urtaza



En Youtube se puede ver el fragmento de una entrevista al director de cine Martin Scorsese, en la que habla de lo que pudiéramos llamar alfabetismo visual (sí, suena feo, pero de momento no se me ocurre expresión más afortunada para traducir “visual literacy”); la lucidez de Scorsese en materia de cine, su profundidad de análisis y su amplio conocimiento de la producción cinematográfica mundial, le permiten fundar perfectamente un tema que con frecuencia al resto de los mortales nos pasa desapercibido porque lo damos por sentado: sí, ver, como hablar, es algo que por natural suponemos fácil, dado y que no requiere de formación alguna diferente de la que nos proporciona la práctica cotidiana.

Pues no, como concluye Scorsese en la entrevista, no es así, hay que aprender a ver, esto es, hay que hacerse de una cultura visual. Esto empata con lo que cuentan del director mexicano Alfredo Joskowicz, que le decía a sus alumnos de la materia Lenguaje y Estructura Cinematográfica en el CCC, que sólo eran un montón de analfabetas funcionales en materia de cine por muchas películas que hubieran visto en su corta vida.

Esto viene a cuento a propósito de la reiterada queja de que el cine mexicano (y para el caso, el cine de calidad nacional o extranjero) no tiene presencia en nuestras pantallas. En la presente reflexión me limito al cine pues el concepto incluyente “audiovisual” amplía los términos de la discusión y de momento no es el caso abundar.

Si el lector me lo permite, ofrezco compartir a lo largo de tres o cuatro semanas algunas ideas que últimas a fechas he tenido que afinar sobre el cine y el audiovisual como industria y cultura, para lo cual ahora arranco con lo que he apuntado, la cultura visual (o, mejor dicho la incultura visual) y la necesidad de formar públicos.

Sucede que ya es un lugar común afirmar que el cine mexicano no es visto por el público mexicano porque no le gusta y prefiere el cine hollywoodense; esto lo dicen los distribuidores y los exhibidores, pero no solamente los que ven en el cine un negocio, sino hasta quienes promueven cineclubes, salas independientes y sitios de internet como espacios alternativos; y también lo dicen y repiten productores, críticos, cinéfilos… Es decir, ya nos la creímos y todo por no ir al fondo del asunto (y me adelanto a negar que tengo la solución mágica, sólo comparto inquietudes que mucha gente del medio ha conversado conmigo).

La evolución del cine ha pasado del entretenimiento como originalmente se le concibió, a convertirse en un producto cultural en una acepción tan amplia que incluye el entretenimiento, la información, la formación y hasta la propaganda y la enajenación.

Como ha señalado Mario Vargas Llosa en su libro La civilización del espectáculo, tendemos a una trivialización de la realidad bajo el supuesto de hacerla más accesible, resultando que en lugar de hacer sencillo lo complicado hemos dado en simplificar, que no es lo mismo, pues el segundo verbo nos lleva a “banalizar”. Las fórmulas narrativas que habían tendido a la complejidad desafiante, han vuelto a los esquemas básicos (simplificados) planteados por Aristóteles, dándonos relatos superficiales que sin duda tocan la emocionalidad pero se alejan de manera creciente de la racionalidad ya no digamos de un intelectual sino del simple ser humano que conserva algo de lucidez y sentido común.

Y más, todavía: en el mismo medio cinematográfico se advierte la terrible tentación de abusar de la tecnología (al igual que de la técnica narrativa) para producir películas en las que pasan muchas cosas pero, paradójicamente, no sucede nada, es decir "Mucho ruido, pocas nueces.”

Y esto, por supuesto lo reciente el público, que deformándose va formando un espectador que se contenta con degustaciones pues se le escamotea la cena fílmica completa. Uno no puede esperar que el público esté integrado por gente con intereses intelectuales que ni los propios intelectuales tienen ya (ocupadísimos en sobrevivir en la jungla académica); de hecho, sería ocioso tener tal expectativa pues a querer y no, vivimos una sociedad de masas a pesar de la diversidad diversa que nos acomoda en nichos y nos asesta etiquetas.

Pero aun pensando en un  espectador “promedio” al que creemos necesario rescatar (como tarea cultural y liberadora, por ende política), tendríamos que replantear varios conceptos, empezando por el de “público”, para seguir con el tema de la oferta de bienes y servicios culturales, en específico los de naturaleza cinematográfica, puesto que el cine, como el teatro, tiene mucho de comunitario, de integrador social.

Formar públicos implica voluntad de cambio, salir de la zona de confort del “darle a la gente lo que la gente pide” (falsa premisa, de todas maneras y que se habrá de demostrar en la siguiente entrega), para seducir al público como entidad colectiva integrada por individualidades, situación que lleva implícita en la diferencia la necesidad del intercambio de ideas, del diálogo y esto a su vez, supone el ejercicio de virtudes como la tolerancia, el respeto y el ejercicio de la inteligencia. Necesitamos reaprender a convivir, a conversar, a compartir experiencias colectivas para internalizarlas y encontrarnos también en el otro.

Adquirir una cultura visual, es aprender desde lo básico, la gramática de la imagen sea fotográfica, pictórica o cinematográfica/audiovisual; es deponer la cómoda ingenuidad para participar en la producción de significados.

Y no se trata de que todos nos convirtamos en cineastas ni críticos de cine; sólo se reduce esto a ser inteligentes, sensibles, activos.


¿Es mucho pedir? Por ahora, parece que sí, pero no le hace, hay que dar la batalla. Luego seguimos.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Por favor, no se me distraiga

Federico Urtaza

“Nada es lo que parece.” Esta frase bien pudiera ser la traducción del enunciado de la filosofía oriental que implica que todo es una ilusión. Sin embargo, para efectos prácticos tenemos que vivir en esa neblina tan peculiar que trastorna los sentidos y, por ende, la mente. Si un auto avanza por la avenida, por muy ilusorio que sea, por más que sea sólo energía, más me vale no cruzar a su paso a menos que quiera hallarme transformado en un recuerdo (esencialmente ilusorio) o que la organización peculiar que soy de energía que me contento con llamar Yo se convierta en caos provisional para recuperarse en otra forma de organización.

El caso es que si uno lleva al absurdo algunos supuestos, acaba uno no en la ilusión sino en el absurdo donde nada tiene sentido y no se diga lógica. Sí, nada es lo que parece, pero la búsqueda de una verdad funcional para la vida cotidiana personal o histórica, que confiera una mínima certeza para no andar como entre niebla, hace falta establecer algunas convenciones que van acaso desde la fe ciega hasta el sano (y engorroso) escepticismo, a manera de relatos que siempre serán hipótesis y como tales habrán de ser verificadas.

En esas excursiones a la realidad circundante de la que somos parte (nótese la paradoja), sucede a veces que parece que en lugar de avanzar estamos sentados y vemos cómo pasa todo a través de la ventana, como si fuéramos sentados en un tren y viéramos pasar corriendo casas, vacas, árboles, postes, campos yermos… ¿O qué, a usted nunca le ha caído de peso esa impresión abrumadora de que la vida pasa y uno es como una piedra?
Pues bien, de eso trata la película La chica del tren (Tate Taylor, 2016), de eso, de que alguien empieza a hundirse en la inanidad y sin, embargo, no es así pues ya dije, “nada es lo que parece”.

Este asunto de la apariencia es lo que hace que funcionen las películas de suspenso (o thriller), de las que eran gran ejemplo las del genial Alfred Hitchcock. En las películas de este género no basta recurrir a los consabidos trucos narrativos que generan interés, el afán de saber qué sigue; necesitan explotar al máximo el supuesto de que nada es lo que parece.

Películas como esta de La chica en el tren me inspiran para regresar a los clásicos del género. Se me antoja de nuevo reflexionar sobre ciertos temas incluso personales para intentar el esclarecimiento de dudas que son como una comezoncilla que no se localiza puntualmente.

Como siempre, nunca haré reseña de la historia en mis artículos sobre cine; pero eso no impide que refiera algunos detalles, como por ejemplo la importancia de la dirección de actores que, por salud de todos, requiere una elección de elenco tan acertada que parezca sabia.

No es suficiente juntar grandes nombres o a falta de estos talento experimentado; se necesita actores que se dejen dirigir y directores que sepan lidiar con actores; esto me trae a la mente lo que relataba Truffaut cuando dirigía niños: para entenderse con ellos se arrodillaba a su lado, los miraba a los ojos y les explicaba una y otra vez lo que quería que hicieran, y vaya que los niños actores o no son difíciles.

En La chica del tren además de la excelente dirección de actores bien elegidos para cada papel, hay una asombrosa labor de caracterización que revela un impecable trabajo de diseño de arte apoyado por el maquillaje y fotografía y la iluminación.

Me atrapó la película o me dejé enredar, lo mismo da; nunca se me fueron las cabras al monte ni me vino a la mente alguna de mis millones de importantísimas preocupaciones.


Caí en el juego y me divertí de maravilla. Para eso es el cine, para eso debería ser, y para luego de maravillarnos recordarnos que nada es lo que parece y a cada uno corresponde descubrir qué sí es y qué no es. 

martes, 13 de diciembre de 2016

El mensaje de los aliens

Federico Urtaza


Me gustaría que la oferta cinematográfica se ampliara a cine clásico, que éste no se quedara en las pantallas de tele o computadora. Ah, pero se me olvida que el acervo fílmico no va tan avanzado como uno imaginaría; sí, la tecnología nos ayuda a retocar imagen y sonido de películas viejas, pero eso cuesta mucho y para la industria no es tan interesante (hay que sacar lo que sigue sin estreno, ¿o qué?), pero los documentos cinematográficos merecen la misma atención que los documentos documentos y los libros y las pinturas y escultura y las grabaciones musicales… Quizá en eso se deberían ejercer los presupuestos públicos de apoyo a la cinematografía, más que financiar casi siempre a medias (que ya es mucho decir) y sin mucho tino producciones que no necesariamente tienen un impacto “cultural” (que, nos guste o no, hasta las chafeces forman parte del sustrato del que se nutren las grandes obras).

Pero bueno, digo esto porque después de una temporadilla más o menos larga sin acudir a una sala de cine, desde hace unos días reanudé esas visitas. Pero como vivo en León, Guanajuato (que si lo reformulo, daría lo mismo que si fuera la Ciudad de México porque ahí también rifa el cine comercial de “estreno”), me atengo  a lo que programan los empleados que reciben las directrices de los funcionarios que reciben los dictados del consejo de directores que reciben la palabra divina de los mercadólogos y financieros que le velan el placentero sueño a la asamblea de accionistas de las
empresas que acaparan la producción, distribución y exhibición de películas

A veces, esos programas incluyen un par de sorpresas, sea de parte del cine comercial, del independiente y hasta el de arte (no estoy ya tan seguro de lo que esta expresión implica). Es cierto que a veces la elección tiene qué ver con los misteriosos caminos que siguen las películas, pero también con esos arranques no menos enigmáticos de generosidad de cierta empresa exhibidora en nuestro país. Pero bueno, el caso es que la oferta a veces da hasta para sorprenderse.

Acabo de ver Doctor Strange, hechicero supremo (Scott Derrickson, 2016), basada en otro personaje de Marvel Comics creado por Stan Lee, que de verdad me gustó porque me reconozco fan de este subgénero que toma como trampolín el cómic. Pero no hablaré más de esta película pues cuando aparezca este artículo ya es probable que haya sido desplazada por otros estrenos, unos deleznables y otros que son interesantes si uno es de esos espectadores que aunque se sople las comedias románticas o las ruidosas de acción de moda también ha conservado la capacidad de seguir tramas complejas (que si me pongo rudo, cualquier cosa que se aparte de de lo convencional crecientemente facilón –simplón, pues-, ya es para muchos COMPLICADO

En este último caso incluyo La llegada (Denis Villeneuve, 2016), que además de un atractivo guión, tiene las actuaciones de Amy Adams y Jeremy Renner y Forrest Whitaker para darle forma a una película que al principio da la pista de que se trata de otra producción de encuentro cercano del tercer tipo.




Enfatizo el asunto del guión porque me impresionó que del previsible lugar común hace que la historia se deslice hacia la sorpresa (nada de spoilers, hay que verla) y para rematar, nos hace pensar en la pregunta de fondo que uno debe hacerse cuando termina de ver una película: ¿De que se trató?, y no me refiero a esa tentativa de respuesta con sinopsis (o como le pasa a algunas personas que al contestar relatan todo lo que vieron y retuvieron), sino al meollo del asunto. Para ilustrar esto, doy dos ejemplos.

Conversando con el cineasta Felipe Cazals, me preguntó: “Sabe de qué trata la serie Breaking bad?” Me encogí de hombros, torcí la boca y le dije: “Pues de un hombre que ante un diagnóstico terrible, sin nada qué perder se convierte en narco”.

Convino que en cierto modo era eso, pero no precisamente eso, sino algo más duro: se trata de Obama Care, el proyecto de servicios médicos del ahora ya casi expresidente de los Estados Unidos, es decir, algo así como “Miren lo que puede hacer un hombre trabajador, gravemente enfermo sin servicio médico”.

El segundo ejemplo lo hallé en una entrevista al curiosísimo (en muchos sentidos) filósofo Slavoj Zisek, que se encuentra en YouTube, donde dice de qué se trata la película Armaggedon que aparentemente trata de un grupo de petroleros desmadrosos que van a salvar el planeta de un meteorito que se aproxima; sí, claro, dice, nos podemos despistar por esa mezcla de película de acción y ciencia ficción, y pensar que es otra de esas en que los gringos salvan a la humanidad… Pues, no, dice Zisek, se trata de la dificultad de un padre para dejar ir a su hija. Y, pues sí, bien vista la película, de eso se trata esa película.

Vuelvo a La llegada; como decía, no se las voy a contar, disfrútenla, no se claven en los aliens emparentados con los antiguos de H.P. Lovecraft y su Cthuluh, ni en el delirio de los gringos que ven apocalipsis en cada hecho atípico y aún así se inclinan por alguien como Trump. Es una buena película de ciencia ficción, observadora de las convenciones de género y subgénero… Pero hay un detalle, ya me dirán si tengo razón o no en esto que vi: Lo que importa es vivir.
Como dijo San Agustín, ni me pregunten por el tiempo

Federico Urtaza


¿Recuerda alguno de los lectores cuando había cine de “segunda pasada” (lo que no les impedía también exhibir estrenos)? No, no creo, supongo que un gran número de los asiduos a estos espacios son jovencísimos (digo, para mí lo son todavía quienes ya cumplieron 40 y algo).

La bendición que esos cines y usos anunciaba en las carteleras era la de poder ver de  nuevo películas que acaso se nos escaparon o, mejor, que bien podíamos (hasta el día de hoy) ver una y otra vez; sí, claro, con los VHS y los DVD y youtube, netflix y similares, tenemos a disposición películas que probablemente no vuelvan a la pantalla grande… Mucho se pierde por eso; el mundo del cine se nos está limitando al tamaño de una pantalla de tele o de compu, cuando no de celular.

Pero bueno, peor es nada. Con las desventajas que resultan al ver películas en casa (equiparables a los cortes comerciales, acaso igual de ruidosos cuando ronda el nietecillo), a falta de esos añorados cines de segunda pasada, me atengo a lo que hay y ahí he descubierto o reencontrado tesoros y hasta basura que merece ser revuelta para encontrar, con nuevos ojos, algunas pepitas de oro del quehacer cinematográfico.

Como soy fan de la ciencia ficción, he visto cada cosa que hasta hace ver las producciones del canal Scy Fy como obras magníficas… Pero tienen su encanto, incluso aquella de Clavillazo con Buster Keaton, la del Piporro y los monstruos, la de Lorena Velázquez y creo que David Reynoso… O las de arañas gigantescas, la cabeza de mujer sin cuerpo, la mujer sin rostro…

Mmmm, ya basta de nostalgia; me gusta más el concepto de saudade, como que es más y menos que la nostalgia, es la añoranza de esas maravillas mínimas de la vida que nos hacen sentir agradecidos de seguir viviendo.

Es saudade lo que siento cuando termino de ver películas que me encantan o libros que me atrapan y no me sueltan; es saudade lo que siento cuando veo un rostro o un paisaje o sueño un sueño en donde reconozco una pintura que se me quedó impresa en la memoria, también me sucede cuando escucho un rechinido o un suspiro y me reviven una melodía.

El sábado volví a ver Interstellar de Christopher Nolan; confieso que he visto películas que me han impactado mucho más, pero para mí esta tuvo un encanto particular: encontrar que la idea del poeta Paul Eluard de que hay muchos mundos y que están en este es un tópico de la física actual (que ya se había intuido lo mismo por científicos que por místicos y hasta filósofos), también sirve como pieza clave en un juego de imaginar al modo de “¿Qué tal si…?”




Me interesa y me encanta leer textos de ciencia, lo que no me hace científico, sino apenas me sirve para alimentar al curiosillo que sigue en mí. Así, no podría juzgar de manera competente si esa película o cualquier otra de ciencia ficción observa o no las leyes de la naturaleza; es más, no me importa si la historia funciona, incluso cuando recurre al Deus ex machina (que en buen mexicano es “sacado de la manga”); yo no espero del cine, ni de ningún arte La Realidad, espero que me sirva para verla mejor.

El asunto es que si el fondo de la historia es “Nunca rompas tus promesas, en especial cuando las haces a tus hijos”, la trama de Interstellar se presta ni más ni menos para que, a fin de cuentas, Cooper, un ex astronauta, recupere su sueño, salve a la humanidad y cumpla con su hija.

Otro detalle que se me había pasado y que me pareció digno de mencionar ahora es cómo los guionistas y los directores que a veces fungen como coescritores se animan a rescatar sus lecturas, no nada más sus experiencias cinéfilas o de artes plásticas o música, para nutrir las historias que nos quieren contar.

Sería farragoso para el lector (y muuuuy pedante de parte mía), referir los libros que están en el trasfondo de la historia (y en el librero, por supuesto), pero me aventuro a enfatizar una presencia que recupera un debate muy serio sobre la supervivencia de la especie humana.

Hay dos obras de Thomas Malthus que asoman la cabecita entre la polvareda que invade la Tierra de Interstellar: una es la que señala los males que acarrea la sobrepoblación y la otra la que detalla los efectos del precio del maíz. Uno de los pretextos de la película es que se ha llegado a una tal demanda de maíz en la Tierra que todo mundo se ha convertido en agricultor y, tarde o temprano como suele pasar, se agota la tierra. Digamos que sirve de paralelo ante la explotación de otros recursos naturales, en especial cuando se ha mencionado que el aceite de cocina puede ser un buen sustituto del petróleo como combustible.

Pero aunque seamos tantos como piojos en cama de hotel de mala muerte, siempre hay esperanza, gracias a la voluntad de sobrevivir, los avances de las ciencias y las tecnologías… y la inquebrantable voluntad de cumplir una promesa.
Quien como padre, como lo soy, ha hecho una promesa a sus hijos, sabe lo terrible que puede ser ya no digo dejar de cumplirla, sino apenas dar a entender que en una de esas uno falla; hemos pasado por esas y cómo cuesta recuperar la confianza, aunque sea de manera tardía, como en Interstellar: donde hay voluntad, empeño, compromiso, se nota, aunque a ratos no se note tanto.


Y esto y más es lo que uno puede hallar en una película, si se aplica.