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domingo, 2 de mayo de 2010

Darse la oportunidad

Desde la última entrada de este blog supongo que a todos nos han sucedido cosas (muchas, pocas, da lo mismo); por mi parte, me he convencido de que nadie cambia, en el mejor de los casos, se aprende (o no, hay quien tiene problemas más o menos graves de aprendizaje, de adaptación a la realidad).
Por mi parte, estoy aprendiendo una manera de estar vivo o, si se quiere, de sobrevivir; nada del otro mundo, es verdad, pero cada uno vive sus pequeñas tragedias y sus mínimos éxitos de un modo que a uno le parece abrumador.
Ahora, en estos momentos, los recuerdos (los buenos y los malos) son como un camino que debo recorrer para seguir mi viaje personal. Con lo bueno se siente la tentación de volver al paraíso perdido (como si hubiera habido uno, que la felicidad por nebulosa que haya sido siempre es una atracción poderosa); con lo malo se trata de exorcisar la fuerza de la tentación y los diálogos que uno arma en su cabeza pueden ser alrmantes por su vertiginosidad.
En mi caso, jamás he podido armar una historia de ficción a partir de mis experiencias directas, mis vivencias; tal vez sea una manera de protegerme y proteger a los que me rodean. En el mejor de los casos, como tantos otros, recurro a textos ajenos en los que me encuentro a través de la lectura y, si algo me hace click, adopto la frase que me parece adecuada y la comparto como si se tratara de un mensaje en cifrado que sólo comprenderá (y eso quien sabe) quien posea la clave.
Eso explica mi manía de insertar palabras prestadas sin recato pero casi siempre refiréndome al autor, mi proveedor; ahora, me gustaría referirme a un poema de Yeats que traduje hace años, "La canción del errante Angus", cuya última línea le da título a un libro de Ray Bradbury "Las doradas manzanas del sol."
La anécdota del poema es sencilla, lo que no lo priva de su riqueza: una noche, un tal Angus sale a pescar en el bosque, arma su caña, la línea y coloca la carnada... está en eso y escucha su nombre en la voz de quien resulta ser una hermosa mujer quien se le acerca y lo besa tiernamente... y desaparece... a partir de ese momento, la vida de Angus se vuelve un viaje infinito en busca de la mujer, un viaje al que se ha resignado con la esperanza de encontrar el paraíso perdido donde y cuando puedan él y ella cosechar las plateadas manzanas de la luna y las doradas manzanas del sol... y eso es todo.
Asígnele el lector el significado que le parezca a Angus, la mujer, el encuentro, la desaparición y el deseo de recobrar lo perdido, pero a cada uno le sonará como historia conocida, profundamente propia.
Esa es la ventaja de la poesía, que nos enfrenta a la vida propia con palabras que al principio nos resultan extrañas y ajenas, pero que sin duda nos instan a reconocerlas hasta encontrarnos en ellas con asombrosa precisión, como si las hubieéramos escrito con seudónimo.
Me veo en ese Angus del poema que a diferencia de muchos, tuvo la oportunidad de un encuetro fabuloso, aunque también la pérdida... y se dió la oportunidad de darle sentido a su vida siguiente gracias a la esperanza.

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