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sábado, 17 de diciembre de 2016

El silencio al estilo Scorsese

Federico Urtaza

Ahora que está por estrenarse la nueva película de Scorsese sobre misioneros jesuitas en Japón, mentalmente hice un repaso de su obra; de momento, me pareció muy diversificada, pero bien pronto entendí que por diferentes que parezcan sus películas comparadas unas con otras, en realidad tienen un mismo sustrato: el mundo propio de Scorsese.


Bien sean sobre un comediante, un boxeador, pandilleros, gángsters, un niño reencarnado, el cine, un magnate desquiciado, un coyote (más que un lobo) de la especulación, un Cristo tentado a salir corriendo, o un chiflado que hace de su resentimiento el gatillo de su pistolón, Scorsese es de esos cineastas que logra rescatar sus recuerdos para plasmarlos en su producción; dirán qué tiene qué ver Howard Hugues con la vida de este director, seguramente no mucho de manera directa, pero sin duda fue una presencia en su imaginación por tratarse de una persona ya personaje en su propia vida, y así con los recuerdos neoyorkinos de ese niño que como él mismo cuenta, por ser enfermizo veía mucho de la realidad desde su ventana y luego desde una butaca y al salir caminando por el barrio de Queens, en la Pequeña Italia.

Scorsese, pensó ser cura, lo intentó, para mejor preferir ser un devoto cineasta que muestra y demuestra que el creador artístico auténtico no necesita ser un panfletario ni un propagandista para compartir lo que habita en su alma (y uso deliberadamente la palabra “alma” y no “inconsciente” o mente o cualquier cosa así).

Como muchos cinéfilos, espero con ansia ver Silencio. Primero, porque es de Scorsese; segundo, porque se trata de misioneros jesuitas.

No, no soy creyente o, mejor dicho, como dicen que dijo Buñuel (también alumno de jesuitas), soy ateo por la gracia de Dios. Sin embargo, creo en ciertos principios y valores que tienen como materia la mejor convivencia de los individuos de nuestra especie, su sana relación con el mundo en que vivimos y la necesidad de encontrarle sentido a esta tan atribulada existencia que compartimos.

Dicho lo anterior, reconozco que de muchas maneras la escuela jesuita ha sido fundamental en la formación de quien soy, para bien y para mal, en especial por dos personajes como son Ignacio de Loyola y Francisco Javier, éste paradigma del misionero que como otros, buscaron establecer un diálogo con otras culturas, es decir, romper los muros de Europa.

Creo que ese espíritu ha sido bien llevado al cine en cuando menos tres películas muy bien realizadas (bueno, la última por verse, pero casi garantizada por el talento de Scorsese); la primera La misión (1986, Roland Joffé), la segunda Manto negro (1991, Bruce Beresford) y, la tercera, por supuesto, Silencio (2016, Martin Scorsese).

Se podrá objetar que el trabajo misionero fue y ha sido la quinta columna del colonialismo; pues sí, así ha sido y así es, no hay manera de contradecir la aseveración, pero tampoco hay manera de refutar que la historia no se ha hecho desde nuestro ahora, sino el de quienes vivieron en cada época.

El género de ficción histórica incluso en el cine no tiene por qué condenar o ensalzar los hechos del pasado, sino mostrarnos (como lo hace siempre el arte narrativo sólido), la diversidad de las expresiones de la condición humana.

Así, en La misión no se trata de un discurso anticolonialista ni de propaganda católica per sé como de presentarnos la capacidad de un sujeto en el Paraguay del siglo XVI, para salvarse a sí mismo rectificando su camino tras ser un gandalla para asumir la solidaridad fraterna.


Por otra parte, en Manto negro la verdadera misión del joven jesuita es, aparte de tratar de derribar todo tipo de barreras para evangelizar a nativos del este de Canadá, derribar sus propias debilidades y dudas, algo que no muchos logramos a cabalidad.


Por lo que se sabe, en Silencio veremos las peripecias de los misioneros jesuitas que lucharon por convertir a los japoneses también del siglo XVI al catolicismo; muchos de ellos perecieron al pie de la cruz, por así decir, otros prácticamente predicaron en el vacío (y esto me recuerda la aventura del padre Mateo Ricci, quien recurriendo a la técnica de aprendizaje llamada el Palacio de la Memoria, trató de seducir a la corte china y, así, convencer al emperador de que le permitiera predicar entre sus súbditos).


Así como La última tentación de Cristo  está muy lejos de ser un alegato católico ortodoxo a favor de la divinidad de Jesús, presentándolo más bien como un hombre que se enfrenta a un destino que siente que lo rebasa, a la luz de La misión y Manto negro me atrevo a correr el riesgo de apostar que Silencio será otra de las grandes películas de Martin Scorsese en las que se nos muestra al hombre en su grandeza y sus miserias.


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