¿Qué dices que dice la película?
Federico Urtaza
En
Youtube se puede ver el fragmento de una entrevista al director de cine Martin
Scorsese, en la que habla de lo que pudiéramos llamar alfabetismo visual (sí,
suena feo, pero de momento no se me ocurre expresión más afortunada para
traducir “visual literacy”); la lucidez de Scorsese en materia de cine, su
profundidad de análisis y su amplio conocimiento de la producción
cinematográfica mundial, le permiten fundar perfectamente un tema que con
frecuencia al resto de los mortales nos pasa desapercibido porque lo damos por
sentado: sí, ver, como hablar, es algo que por natural suponemos fácil, dado y
que no requiere de formación alguna diferente de la que nos proporciona la
práctica cotidiana.
Pues
no, como concluye Scorsese en la entrevista, no es así, hay que aprender a ver,
esto es, hay que hacerse de una cultura visual. Esto empata con lo que cuentan
del director mexicano Alfredo Joskowicz, que le decía a sus alumnos de la
materia Lenguaje y Estructura Cinematográfica en el CCC, que sólo eran un
montón de analfabetas funcionales en materia de cine por muchas películas que
hubieran visto en su corta vida.
Esto
viene a cuento a propósito de la reiterada queja de que el cine mexicano (y
para el caso, el cine de calidad nacional o extranjero) no tiene presencia en
nuestras pantallas. En la presente reflexión me limito al cine pues el concepto
incluyente “audiovisual” amplía los términos de la discusión y de momento no es
el caso abundar.
Si
el lector me lo permite, ofrezco
compartir a lo largo de tres o cuatro semanas algunas ideas que últimas a
fechas he tenido que afinar sobre el cine y el audiovisual como industria y
cultura, para lo cual ahora arranco con lo que he apuntado, la cultura visual
(o, mejor dicho la incultura visual) y la necesidad de formar públicos.
Sucede
que ya es un lugar común afirmar que el cine mexicano no es visto por el
público mexicano porque no le gusta y prefiere el cine hollywoodense; esto lo
dicen los distribuidores y los exhibidores, pero no solamente los que ven en el
cine un negocio, sino hasta quienes promueven cineclubes, salas independientes
y sitios de internet como espacios alternativos; y también lo dicen y repiten
productores, críticos, cinéfilos… Es decir, ya nos la creímos y todo por no ir
al fondo del asunto (y me adelanto a negar que tengo la solución mágica, sólo
comparto inquietudes que mucha gente del medio ha conversado conmigo).
La
evolución del cine ha pasado del entretenimiento como originalmente se le
concibió, a convertirse en un producto cultural en una acepción tan amplia que
incluye el entretenimiento, la información, la formación y hasta la propaganda
y la enajenación.
Como
ha señalado Mario Vargas Llosa en su libro La
civilización del espectáculo, tendemos a una trivialización de la realidad
bajo el supuesto de hacerla más accesible, resultando que en lugar de hacer
sencillo lo complicado hemos dado en simplificar, que no es lo mismo, pues el
segundo verbo nos lleva a “banalizar”. Las fórmulas narrativas que habían
tendido a la complejidad desafiante, han vuelto a los esquemas básicos
(simplificados) planteados por Aristóteles, dándonos relatos superficiales que
sin duda tocan la emocionalidad pero se alejan de manera creciente de la
racionalidad ya no digamos de un intelectual sino del simple ser humano que
conserva algo de lucidez y sentido común.
Y
más, todavía: en el mismo medio cinematográfico se advierte la terrible
tentación de abusar de la tecnología (al igual que de la técnica narrativa)
para producir películas en las que pasan muchas cosas pero, paradójicamente, no
sucede nada, es decir "Mucho ruido, pocas nueces.”
Y
esto, por supuesto lo reciente el público, que deformándose va formando un
espectador que se contenta con degustaciones pues se le escamotea la cena fílmica
completa. Uno no puede esperar que el público esté integrado por gente con
intereses intelectuales que ni los propios intelectuales tienen ya
(ocupadísimos en sobrevivir en la jungla académica); de hecho, sería ocioso
tener tal expectativa pues a querer y no, vivimos una sociedad de masas a pesar
de la diversidad diversa que nos acomoda en nichos y nos asesta etiquetas.
Pero
aun pensando en un espectador “promedio”
al que creemos necesario rescatar (como tarea cultural y liberadora, por ende
política), tendríamos que replantear varios conceptos, empezando por el de
“público”, para seguir con el tema de la oferta de bienes y servicios
culturales, en específico los de naturaleza cinematográfica, puesto que el
cine, como el teatro, tiene mucho de comunitario, de integrador social.
Formar
públicos implica voluntad de cambio, salir de la zona de confort del “darle a
la gente lo que la gente pide” (falsa premisa, de todas maneras y que se habrá
de demostrar en la siguiente entrega), para seducir al público como entidad
colectiva integrada por individualidades, situación que lleva implícita en la
diferencia la necesidad del intercambio de ideas, del diálogo y esto a su vez,
supone el ejercicio de virtudes como la tolerancia, el respeto y el ejercicio
de la inteligencia. Necesitamos reaprender a convivir, a conversar, a compartir
experiencias colectivas para internalizarlas y encontrarnos también en el otro.
Adquirir
una cultura visual, es aprender desde lo básico, la gramática de la imagen sea
fotográfica, pictórica o cinematográfica/audiovisual; es deponer la cómoda
ingenuidad para participar en la producción de significados.
Y no
se trata de que todos nos convirtamos en cineastas ni críticos de cine; sólo se
reduce esto a ser inteligentes, sensibles, activos.
¿Es
mucho pedir? Por ahora, parece que sí, pero no le hace, hay que dar la batalla.
Luego seguimos.
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