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miércoles, 22 de abril de 2009

Sobre José Agustín

Vida de lector
Federico Urtaza

Sin duda, es harto interesante conocer lo que opina un escritor sobre el oficio de narrar, sus problemas técnicos y su constante pelea con el desdén de las Musas. Pero eso, para el común de los mortales es tan fascinante como escuchar a un fabricante de calzado contando las maravillas de los sintéticos, lo fabuloso de los modelos recientes que su esposa e hijas vieron al ir de shopping a Nueva York o Milán y el abrumador alud de zapato chino; al respecto, si ese zapatero me quiere vender algo de su producción, me gustaría saber algo de su experiencia de hombre de a pie que usa zapatos, creo que sería más convincente si me dijera como se siente al caminar con lo que vende en lugar de aturdirme con estadísticas (fatales) de la industria.

Digo, esto viene al caso porque nada se agradece más, desde el punto de vista y la experiencia de un lector, que saber qué piensa y siente un escritor cuando lee. Pienso en Cervantes y Borges, geniales al recrear sus lecturas en ejercicios narrativos que son una crítica de la lectura.

Cuando un escritor se asume como lector, deja de lado el tormento del productor de textos para compartir con otros lectores el asombro y el goce de encontrar sentido en ese mundo alternativo que es el texto escrito. Cuenta de su experiencia para compartir la alegría del descubrimiento, el entusiasmo de resolver un enigma (que eso es todo texto) y la euforia que sin duda siente el náufrago que, perdida la esperanza, avista tierra a lo lejos.

Más aún, pienso en el escritor que como lector entiende de manera más profunda y plena el sentido de su propio oficio a través de la crítica y, dicho sea de paso, la mejor crítica, como la de George Steiner, requiere de grandes dotes de escritor.

Si hay muchos motivos para admirar y disfrutar la obra de José Agustín, con su prosa ágil, irreverente e ingeniosa, su reciente libro Vuelo sobre las profundidades, editado por Lumen, es una invitación intensa de 132 páginas a leer y releer el trabajo de otros escritores y el suyo. Digo, dan ganas de leer a José Agustín, Salinger, Bester, Nabokov, Arreola, PKD, los beat, Jung, Conan Doyle o Sainz y Revueltas, a quienes dedica los textos que forman el libro, publicados como artículos en diversas revistas, etcétera.

En cada texto, además del autor en cita, José Agustín se mueve en un campo más amplio y menciona más libros y autores; convierte ese juego de referencias en una vasta red de alternativas que un lector inquieto y ávido no puede desatender.

Cuando habla de Arreola nos da a un personaje creado por sí mismo, tal vez su mejor éxito, y nos lleva a buscar de nuevo (esto es lo más probable) sus brevísimos y contundentes escritos en los que pareciera no haber mucha acción pero que están plenos de sugerencias y guiños. En el caso de Nabokov, Lolita es más que una novela y al paso del tiempo se revela como un modo de vida en el que la juventud, divino tesoro, es dilapidable. Al referirse a Alfred Bester, José Agustín reivindica a la ciencia-ficción y abre la puerta para acercarnos a la biografía y obra de Philip K. Dick, autor magnífico que comparte con sus lectores el espíritu paranóico que lo caracterizaba y que refleja su época. Si toma como pretexto la muerte y resurrección de Sherlock Colmes, José Agustín nos desafía a redescubrir al personaje en todas sus facetas. Con los beat JA da cuenta de una generación que se volcó hacia la exploración de las profundidades del individuo como vía a la gracia o la iluminación, asunto que nos conecta con Jung, el psicoanalista que rebasó a papá Freud para decirnos que la búsqueda de cada uno se remite a una fórmula mágica para el viaje a la lejanía que se lee en El secreto de la flor de oro, antigua guía china de meditación: “Y el secreto aún más profundo del secreto: la tierra que no está en ninguna parte, ésta es la verdadera patria.”

Hacia el final, en un apartado que retoma otro texto sobre Centro Mexicanos de Escritores, el lector José Agustín habla de los escritores Gustavo Sáinz y José Revueltas y los echa a andar de nuevo para colocarlos en nuestro campo de visión; en estos apartados, vemos que nuestros mejores escritores son los que aprendieron a leer más allá de nuestras fronteras y encontrarse en la tradición literaria universal.

Vuelo sobre las profundidades es la invitación al viaje que hace un peregrino, no el dueño de un hotel.


José Agustín, Vuelo sobre las profundidades, Lumen/Random House Mondadori, México, 2008.

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