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martes, 12 de mayo de 2009

Sobre otra lectura

Salomón va a Viena
Federico Urtaza

Retomo este texto publicado ya antes en mi blog; un pequeño homenaje a Saramago.

El hombre común no existe. Me explico: para nuestra atención sólo son notorios los nombres que han sido hechos notables gracias a obras como Vidas paralelas de Plutarco, las gráciles reseñas de Hola, los aturdidores reportajes de Proceso o las despiadadas balconeadas de Ventaneando. Sabemos, o eso hemos querido creer, que los paparazzi de todas las épocas y de todo nivel son nuestros oídos y ojos para encontrarnos en los “grandes personajes.” Pareciera que la Historia está hecha no por hombres y mujeres de carne y hueso, sino sólo por nombres emblemáticos a los que atribuimos el efecto de invocaciones mágicas que nos permiten, al pronunciarlas, encontrarnos en situaciones en las que difícilmente estaremos en nuestra vida real.

Insisto, el hombre común no existe porque es imperceptible, no se nota sino cuando hace número; parafraseando a Stalin, cuando muere la Princesa Diana eso es noticia, pero cuando alguien es atropellado por un conductor ebrio, eso es estadística; ser “hombre común” es carecer de identidad, de importancia, de trascendencia. Paradójicamente, encontramos que los medios, la educación, la economía, incluso la cultura, se orientan a ese personaje innominado al que se le atribuyen características ideales de uniforme mediocridad. Importan los consumidores, no la persona individual que tiene sueños, aspiraciones, conflictos, desencuentros, frustraciones, alegrías, necesidades afectivas y materiales…

Existió Adolfo Hitler, pero hay quien tiene la cara dura para negar que existió el Holocausto, por ejemplo, en el que perecieron hombres y mujeres de nacionalidad, credo religioso o político y origen social diversos; vemos la muralla china, pero pasamos por alto la multitud de cuerpos de quienes la construyeron y quedaron sepultados en su basamento.

La literatura no es ajena a esta percepción; más aún, incluso cuando especialmente en los siglos XIX y XX la novela puso énfasis en los personajes “pequeños”, la genialidad de muchos novelistas hizo de esos personajes protagonistas distantes, de nuevo, del hombre común a pesar de ser ellos mismos “gente pequeña.” Pensemos en la novelística centro europea del período de entreguerras o la novelística norteamericana del medio siglo XX en que el hombre común fue prefigurado como el “looser” al que se le niega toda posibilidad de heroísmo o trascendencia; en esa narrativa, se hace un retrato no del hombre común sino de un nicho de mercado.

Ahora que está disponible la reciente fábula de José Saramago, uno puede entender el punto de vista que nos ha proporcionado desde sus primeras obras, en las que el hombre común se enfrenta a situaciones extraordinarias sin abdicar de su propia individualidad, pero logrando una transformación hacia la dignidad, incluso a ese callado y sutil heroísmo del que la Historia no da cuenta, pero del cual dependen los Grandes Nombres.

Para Saramago, existen los Personajes pero sus protagonistas son gente común y bastante corriente; unos y otros comparten ese espíritu quimérico que menciona por ahí Bachelard que ha permitido lanzarse a empresas fabulosas, espíritu que engrandece a los segundos puesto que son ellos quienes viven, gozan, sufren y mueren como marcados por designios inapelables y misteriosos como carne de cañón que de pronto se encuentra por decenas de miles en el desempleo mientras alguien pronostica la catástrofe económica y contabiliza los miles de millones de pérdidas en utilidades de sus empresas, mismas que se alimentan del hombre común. En fin.

En El viaje del elefante, Saramago recupera un hecho histórico, el regalo y envío de un elefante que en el siglo XVI hace el rey Juan III de Portugal a su cuñado Maximiliano de Austria; en ese viaje de Salomón, que así se llama el elefante asiático, se ven involucrados personajes de diferente nota y carácter. La pareja real de Portugal encuentra la manera de salir de un compromiso social, plantean la empresa como ocurrencia de alto ingenio y le dejan la tarea a un grupo de hombres que no se preguntan el sentido de las acciones que se les imponen. Lo notable del relato que hace Saramago es que se percibe un sutil manejo de los anacronismos a través de consideradas intervenciones del autor y, por otra parte, un elegante manejo de los personajes, presentándolos con una sencillez que los hace brillar refiriendo al lector a esa ambigua bonhomía que nos dejó Cervantes con Sancho.

Para mi gusto, es de lo mejor que he leído de Saramago; no sé, tal vez pienso eso porque percibo que Don José ha aprendido y adquirido sabiduría mediante el oficio de narrar y el más arduo de vivir en el mundo, pendiente de quienes le rodean, para quienes escribe y sobre quienes crea sus novelas.

José Saramago, El viaje del elefante, Alfaguara, México, 2008.

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