La novela policiaca
Por
Federico Urtaza
(Reforma, 07-Jul-1996)
En 1957, en un curioso prólogo a un libro de cuentos de Antonio Helú, Xavier Villaurrutia hace las siguientes reflexiones sobre el género policiaco: "La novela policiaca es una rama aguda de la novela de aventuras, género tan definido como la legión de sus ávidos lectores en todas partes del mundo. De ellas podemos decir lo que Remy de Gourmont decía de las novelas pornográficas: que tiene la ventaja, con relación a otro tipo de novelas menos definidas, o confusas, de ser, al menos, pornográficas. Con relación a la novela-ensayo, a la novela-biografía, a las biografías-novelas, las novelas policiacas tienen la ventaja de ser, al menos, policiacas, lo que equivale, de una vez por todas, a asegurar un alimento más o menos rico en las sustancias que el lector busca para su nutrición. Y lo que busca el lector de novelas de aventuras y, más concretamente, de novelas policiacas -que ahora nos preocupan- es, ante todo, diversión e interés".
Más adelante, en el mismo texto, Villaurrutia se pregunta cómo es que los escritores mexicanos no cultivan el género de cuento o novela policial, aunque señala que ya había un número creciente de escritores que, como Helú, incursionaban en el mundo de la novela policiaca. No le costará al lector suscribir los mismos comentarios de Villaurrutia; a cuarenta años de distancia, comprobamos que en términos de tiempo histórico es poco lo que hemos avanzado o retrocedido, si ése es el caso.
La caracterización que del género se lee en el mencionado prólogo viene muy a cuento ahora que hay un afán de recuperar, sin caretas ni escapes del clóset, la experiencia de las primeras lecturas; Salgari, Chesterton, Stevenson, London, Conrad, Conan Doyle, Rice Burroughs... La lista puede ser tan larga como quieran los encuestados.
El problema es que en México hay un sospechoso pudor a la hora de hablar del pasado literario de cada autor; apenas hace unas semanas Sergio Pitol, en un artículo publicado en La Jornada, habló de la importancia que para él y su obra tiene la lectura de los comics de la Familia Burrón. ¡Horror! ¿Y Gogol, James, Austen, no son sino nombres pomposos en la biografía literaria de Pitol?
Asimismo, al momento de tocar el tema de la novela policiaca, nos encontramos con graves silencios, tan oprobiosos como las confesiones de quienes no han leído otra cosa y que de su deficiencia hacen virtud.
La novela policiaca ha sido, en nuestro País, un género menor (aunque viéndolo bien, ¿conocemos algún otro?); sin embargo, puede intentarse una caracterización del género en México siguiendo el desarrollo de nuestra historia, como si fuera un indicador de los cambios que nuestra literatura ha experimentado. Así, el género policiaco sirve no sólo como entretenimiento y para resolver tentaciones populacheras, sino que además delata, no tanto por lo que cuenta como por la manera en que lo hace, cómo se escribe sobre la realidad, tomando como punto de partida que el género tiene como requisito inscribirse en el realismo "duro", descarnado y hasta rudo.
Es cierto, como señala Villaurrutia, que no existe entre nosotros esa tradición novelesca, pero también habría que agregar que quizá tampoco la de novela de aventuras, no al menos en lo que va de este siglo; con la revolución (¿será necesario precisar cuál?), los hombres de letras se ven orillados a escribir no tanto lo que tienen en mente sino lo que pueden testimoniar: la dinámica de "la bola" los empuja a participar aunque sea relatando lo que ven, así sea que compartan el furor de los rebeldes como si se aferran a los provisionalmente calientes clavos del ancien regime. Nuestra novela de aventuras se encuentra en Rafael F. Delgado o Martín Luis Guzmán y Mariano Azuela; más tarde, en el cine, esa novela encuentra su iconografía y comienza a pervertirse bajo el efecto de los nuevos amos que cambian la montura por la acaso menos épica silla burocrática o de restaurante. En un país que comienza a combatir el analfabetismo cuando la cinematografía se confirma como fábrica de sueños, la versión escrita de la realidad encuentra su mejor manifestación en la prensa.
La acción sale del campo y va a dar a la ciudad; atrás, al menos para el espíritu moderno quedaron los abigeos, los pleitos de tierras y los estupros anunciados; los suplen la banda del automóvil gris, el peregrinar en los laberintos de la burocracia agraria y la relajación de las buenas costumbres y de la moral cristiana. Las lealtades al caudillo se convierten en sometimiento al superior jerárquico e incondicionalidad hacia el líder máximo; las componendas a alto nivel, o para el caso, a cualquier nivel de poder, crean una civilidad bronca en la que los resentimientos son un capital que se ha de administrar con sabiduría y oportunidad. La corrupción, así, no es sino complicidad, encubrimiento o hasta alcahuetería.
El crimen, entonces, ocurre sólo entre los marginados y sólo algunos casos sonados llegan al dominio público, pero revisten también cierto grado de marginalidad: se trata de extranjeros o de excéntricos herederos de la antigua sociedad. El crimen encuentra su expresión en el periódico, a falta de corridos o cantadores que transmitan la espeluznante nueva; la vida urbana muestra el nuevo rostro de la humanidad emergente, así como su gesto siniestro.
De esa manera, el periódico le arrebata a la imaginación las historias que pudieran nutrir al género policiaco: la nota roja unida a la experiencia del ciudadano "común" surte el efecto de constancia de realidad que no puede ser reelaborada a través de la literatura.
Nuestra experiencia en la administración de justicia, incluso cuando es con motivo de asuntos ajenos a la delincuencia, está directamente vinculada con la arbitrariedad y la aplicación de esa máxima atribuida al benemérito: "A los amigos, gracia; a los enemigos, justicia". La policía, los ladrones, los asesinos, los jueces, los abogados, las víctimas, los litigantes, son todos uno y los mismos, seres indiscernibles. Con ese material, intentar escribir novela policiaca resulta, en buena medida, un ejercicio de necedad, si se inclina por la denuncia, o de ingenuidad, si se trata de proponer una realidad alternativa, optimista.
A pesar de todo, como lo señalaba Villaurrutia hace ya casi cuarenta años, ha habido y hay escritores que han encontrado en el género policiaco la posibilidad de cumplir varios cometidos, desde simple y llanamente acogerse a entretener, hasta señalar y denunciar la corrupción en la administración de justicia y, en general, en nuestras relaciones sociales.
Ya que el movimiento se demuestra andando, el género en México sin duda ha tenido bastantes adeptos, lectores y/o autores; paradójicamente, esto no se ha traducido en una corriente importante del género. Hay, sin embargo, un puñado de narradores con quienes bien se puede hacer una lista básica y caracterizar a grandes rasgos el desarrollo del género policial en nuestro País. Su importancia se revela en la medida en que cada cual abre y en el mismo acto cancela una nueva posibilidad del género en nuestro medio literario; no es, por supuesto, poco mérito. Claro que este puñado nunca será "todos los autores que han aportado algo al género policiaco", quizá ni siquiera una muestra representativa, pero una cosa es explotar un género y otra darle vida, como lo ha hecho el grupito de audaces que a continuación se menciona.
Para Helú o María Elvira Bermúdez, el modelo a seguir no era tanto el de los norteamericanos del estilo de Hammett o Chandler, como el de Christie, Chesterton, Carr o Queen; escribir novela o cuento del género policiaco significaba conquistarlo para la inteligencia y el ingenio y, acaso, para la búsqueda de lo paradójico, donde el bien y el mal se confunden sólo lo necesario para mostrar que uno y otro son relativos y hasta necesarios para mover al hombre. En ellos se da, pues, esa connotación metafísica tan cara a Borges y a Reyes al hablar de la novela policiaca.
Helú pronto agotó su vena y aunque Bermúdez fue la más persistente, los vientos de cambio no se hicieron esperar y en los años 60 Rafael Bernal, con su novela El complot mongol inaugura al menos para México el thriller, variante del género policial, en donde no es indispensable un asesinato, un enigma y la revelación de la identidad del asesino, sino que el protagonista es uno de esos tipos duros, como los detectives privados Archer o Spade, aunque con rasgos que para un novelista norteamericano o francés con seguridad hubieran sido escandalosos, puesto que Bernal nos da un sujeto que desde el principio se hace reconocible como capitán, ex revolucionario, actualmente asesino a sueldo de quién sabe qué misteriosa dependencia gubernamental y que, en especial, también descubre un lenguaje coloquial de alta expresividad, utilizándolo como estribillo a lo largo de la novela; en cuanto a recursos narrativos, Bernal utiliza a su protagonista para ir contando la acción, aunque a ratos su relato es desapegado, como si su sola función fuera ser testigo de sí mismo.
Otro escritor que en esa misma época descubre las posibilidades del género es Vicente Leñero, que con sus novelas El garabato y Los Albañiles, recurriendo a la experiencia de los autores del llamado noveau roman, también aficionados a la novela negra, en particular Robbe-Grillet, muestra que el camino puede ser transitado con buena fortuna, aunque no sin riesgos.
Bernal y Leñero en realidad lo que hacen es desafiar la inercia de las letras mexicanas y el riguroso cerco del género policiaco: aunque ambos muestran un gran dominio del lenguaje, aprovechan esa habilidad para quitarle la rigidez perceptible en otros autores de la época, cuyos personajes hablan como si antes que de la imaginación de un escritor presente en la realidad, brotaran de un manual de sintaxis académica; además, el entorno de los personajes de Bernal y Leñero revela la estrechez de perspectivas que el lector por sí mismo quizá no quisiera o pudiera reconocer. Asimismo, estos novelistas no se proponen hacer revelaciones insólitas, sino apenas recurrir a lo existente y, por decirlo exagerando, los alcances de la palabra, lo cotidiano y presente en la experiencia del probable lector.
De generaciones diferentes, sin duda, Bernal y Leñero, sin embargo, hacen evidente la necesidad de una ruptura que en lo literario halla su correspondencia en los cambios que se avizoran al final de la década de los 70; al igual que el movimiento estudiantil del 68, oponen un lenguaje de búsqueda sin ser un lenguaje de ruptura total, cuestionan la realidad sin proponérselo como primera intención.
Ya en la década siguiente, Jorge Ibargüengoitia le da un nuevo giro de tuerca al género policial; ingeniero devenido en dramaturgo, periodista y narrador, Ibargüengoitia inició su trabajo escritural en forma en los 50, y en los 60 se da a conocer ampliamente con novelas que más bien se inscriben en la línea de intriga política, es decir, sigue la hasta hace poco joven corriente inaugurada con los cronistas y narradores de la revolución. Quizá por eso la evolución de Ibargüengoitia sirva para ilustrar la metamorfosis de la novela mexicana, pues al apartarse, así fuera circunstancialmente del género de intriga política, al incursionar en la novela policiaca, negra, de suspense o como quiera llamársele, experimenta con la necesidad de apartarse de la predominancia de lo político para buscar otros caminos, quizá no tan ajenos a la política como se quisiera pensar, con historias como las que nos da en Las muertas y Dos crímenes.
Como Bernal y Leñero, Ibargüengoitia explota su dominio del idioma y de la técnica narrativa; explota con igual talento la ironía y convierte sus novelas en ejemplos de los alcances a que se pueden llegar al explorar un género.
También en los 70, se inicia la producción de quien en poco tiempo será uno de los más entusiastas preconizadores de la novela policiaca, Paco Ignacio Taibo II, quien con un lenguaje desparpajado a fuerza de buscar la antisolemnidad, recicla el prototipo del detective duro (en el fondo no tanto) y crea un personaje, Belascoarán, que junto con If, el provisional protagonista de algunos escritos de Rafael Ramírez Heredia, trata de obtener el desencanto y de lo que luego sería la quiebra ideológica de la generación sesenta y ochera, los motivos que los impulsan a arriesgarse a ser detectives privados en un país en donde con pasmosa facilidad se fabrican culpables o, en el mejor de los casos, se descubre a los culpables que aparentemente nunca reciben el castigo que merecen.
La producción de PIT II crece en la década siguiente y su búsqueda a ratos es un regreso al escenario del crimen de éxitos anteriores, como Héroes convocados o No habrá final feliz, y se prolonga hasta los 90 sin mucha competencia, o al menos sin rivales dignos de ser mencionados como profesionales del género.
En estos últimos años, los cultivadores del género policiaco se ven apantallados por la arrolladora realidad, la que les arrebata las ideas y las pone en escena para luego hallarse retratados en la nota roja; esto le da una ventaja a los periodistas que no se animan a abandonar su oficio para hacer armas en la ficción, o que apremiados por la demanda de un público ávido de enterarse de mayores detalles de asuntos que en los diarios encuentran en probaditas, escriben libros circunstanciales que no por ello son menos meritorios; algunos, siguiendo al mencionado Leñero, ahora con su Asesinato, optan por acogerse a la incierta seguridad del hecho del dominio público, aderezado con inferencias o datos desconocidos; por ejemplo, el libro de Mariano Flores Castro sobre el robo al Museo de Antropología o el reportaje de Víctor Ronquillo sobre los homicidios no esclarecidos de trasvestis en Chiapas, La muerte viste de rosa.
A pesar de la poderosa atracción que produce la realidad, siempre queda alguien que antes que dar testimonio busca encontrarle un sentido a la condición humana. Rolo Díez, un argen-mex que lleva años escribiendo novelas policiacas, en 1994 publicó Luna de Escarlata, una sorprendente experiencia en la que la Ciudad de México y su tensión vital hallan su quizá hasta ahora más fiel representación a través de unos cuantos personajes que rezuman violencia.
En 1995, Fernando del Paso y Enrique Serna, dan a conocer respectivamente Linda 67, Historia de un crimen y ¿No le tienes miedo a los animales? (quizá una de las mejores novelas recientes del género, junto con El complot mongol y Luna de escarlata, al menos para este arbitrario redactor), que son muestras representativas del thriller en las que de nuevo el dominio del oficio y una audaz manipulación de las reglas del género permiten a sus autores rebasar los límites de la novela de aventuras, como la concebía Villaurrutia.
Y, por ahora, este repaso poco riguroso y por nada exhaustivo, se cierra con la mención de la novela Soñar una bestia, de César Güemes, que al ser una buena novela, a ratos demasiado respetuosa del canon, tiene como principal acierto, acaso involuntario, coronar y, en consecuencia cerrar, el camino recorrido por otros escritores más o menos habilidosos consistente en salvar la objeción de que en México nadie cree en los detectives privados ni mucho menos en los policías, ya no se diga honestos sino apenas cumplidores y respetuosos, mediante el recurso de usar personajes cuyo oficio es el periodismo, la investigación histórica o, como el kafkiano protagonista de La cabeza de la hidra, de Fuentes, tienen el privilegio de pertenecer a la élite que cuenta con información ajena a los diarios.
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