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sábado, 29 de enero de 2011

Un par de sueños

Sueño 1

Estoy al inicio de un pasillo en forma de “L” que da vuelta hacia la izquierda. El lugar corresponde a una construcción pobre, vieja, el piso tiene loseta café pálido-amarillo y las paredes estuvieron pintadas de color claro aunque están sucias por el abandono. Avanzo por el pasillo, al final hay una puerta metálica con la parte inferior de lámina y en la superior no hay cristales (no veo el interior); sigo el pasillo hacia la izquierda y percibo un ronroneo feroz; al final del pasillo, en la pared izquierda hay otra puerta, similar a la anterior, me detengo a medio camino pues sé que de esa habitación provenía el ronroneo y además veo que algo se asoma como si quisiera escapar por donde debería haber un cristal sobre la cerradura (escucho cómo suena la puerta metálica con el estremecimiento); enseguida, lo que trataba de escapar lo logra y resulta ser un pequeño cocodrilo color verde jade (no es un “cocodrilito” pues tiene la corpulencia de uno de mayor tamaño, pero de alrededor de un metro) sin cola y abre y cierra rápidamente el hocico que tiene muchísimos dientecitos muy filosos: El cocodrilo está furioso y apenas logra escapar avanza por el pasillo tirando dentelladas; de inmediato, ya que el pasillo es estrecho, apoyo la espalda en la pared y pongo los pies en la otra pared y a la manera de los escaladores subo para ponerme a salvo (no siento angustia ni miedo, sólo reacciono); el cocodrilo pasa bajo mí a toda velocidad y da vuelta al llegar a la esquina del pasillo e incluso patina al dar vuelta aunque apenas desaparece, escucho que regresa, da vuelta y avanza hacia mí… en ese momento, despierto.


Sueño 2
El lugar es una cañada en la selva; atrás, a un paso, a mi lado izquierdo, hay una presencia invisible que me acompaña; se ve un sendero que asciende hacia donde estoy; por el sendero, avanzan dos leopardos de color amarillo pálido, avanzan sobre las patas traseras y llevan las patas delanteras hacia el frente; el rostro, las facciones de los leopardos son de mujer y tienen el cabello largo y grueso peinado hacia atrás. Al ver a los leopardos-mujer digo que son los dioses de los primitivos (no de los indios o de salvajes, primitivos), dirigiéndome a la presencia que me acompaña; en ese mismo momento, me percato de que sobre la izquierda frente a mí, en la pared de la cañada hay dos entrada rectangulares perfectas que, supongo en ese momento, son la entrada a una cueva y también en ese instante me percato de dos seres de piedra que me parecen una combinación de Chac Mool y Transformer (sus movimientos son tiesos), son de cantera y en el cuerpo (torso, brazos y piernas) tienen incrustaciones de placas rectangulares de jade. Mi comentario sobre las leopardo-mujeres, la percepción de las dos entradas y la visión de los hombres de piedra es simultánea, de modo que éstos al tiempo que escuchan mis palabras y se encaminan a una de las entradas, se ríen (siento que de la ingenuidad de mi afirmación) así: ja-ja, sin entusiasmo, más bien de manera sarcástica. Ahí termina el sueño.

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