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jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuando el pasado nos alcanza

Federico Urtaza



Anoche vi la película El monstruo de la Laguna Negra; confieso, no la había visto aunque el monstruo me era bien conocido desde hace muchos años. Supongo que a muchos cinéfilos y otro tanto de cómic fans nos pasa algo parecido: hay imágenes por así decir icónicas cuyo contexto nativo nos es casi ignoto. Será por eso que cuando uno las experimenta en su ámbito natural, nos siguen asombrando, no sé si por los recuerdos “verdaderos” o por el ansia de tenerlos, como le sucede a los replicantes de una de las top de mi lista de mil y una películas favoritas, Blade Runner de la que se anuncia una secuela.



Confieso además que el aumento del precio de la gasolina, la victoria de Trump (o debería decir, la derrota de los no Trump), el insólito precio de las palomitas en los cine pero, principalmente, lo que ya he señalado, la casi ausencia de salas de pantalla grande donde se exhiban clásicos y no tan clásicos, y en general lo que quepa en la idea de “segunda pasada”, recurro a plataformas digitales, muchas de ellas con excelente material y de muy buena calidad visual y, en el caso que ahora me ocupa MUBI, donde cada mes hay una película que llega y otra que se va, de orígenes, géneros, calidad diversos, lo que por supuesto se agradece muchísimo.

El asunto es que encontrarse uno con una de esas raras películas de los cincuenta del género de ciencia ficción que a pesar de jugar en la cancha de eso que se ha dado en llamar películas de serie B  (concepto cercano a “churro”, supongo, que bien puede encontrar similares en las películas de luchadores, charros, marcianos y/o monstruos y/o espantos diversos, gángsteres, rumberas y etcétera), se han convertido en paradigma del género, para bien y para mal.


Como en todo, sin esos cimientos donde se nota más la intención que el logro, sin duda no habría las asombrosas producciones que año con año aparecen, unas con exceso abrumador y otras con acertada mesura de efectos especiales. Tal vez, como en toda la historia, el desarrollo se alcanza pisando el empedrado de las buenas intenciones.

El monstruo de la Laguna Negra es una película pareja en sus aciertos y fallas; realizada en 1954 en blanco y negro según el gusto del director Jack Arnold, eso sí con gran acierto incluso en las tomas submarinas, se inicia con una secuencia que no deja de resultar insólita: se ve el inicio del universo y una voz en off nos cuenta que las consecuencias de eso se notan ni más ni menos en la evolución (la que se nombra en paráfrasis que para ser interpretada no requiere de genialidad alguna), para luego empezar a meternos propiamente en el tema de la película: la ciencia, los negocios y los buenos sentimientos no necesariamente hacen buenas migas.

Así, en los rumbos del río Amazonas, un paleontólogo (o algo así) encuentra una garra muuuy extraña, la lleva con unos colegas gringos que también trabajan en Brasil y ¡pum!, se arma la expedición con unos cuantos personajes, los suficientes para darnos una historia de amor (libre, por cierto, algo digamos que insólito para la época), celos amorosos y profesionales, optimismo humanista, audacia aventurera, avidez capitalista, y asombro ante el otro (tanto de los humanos como del “monstruo” que no es sino un sobreviviente del período Devónico, es decir, un ancestro que no lo fue y que también, por supuesto, sufre una especie de enamoramiento hacia la chica de la peli).

El guion hace que los diálogos fluyan de manera ingeniosa y que de tanto en tanto alguien suelte una frase profunda o algún chistorete. La trama es muy movida y a ratos suceden cosas que como que no conectan pero, ¿a quién le importa si el monstruo cual coyote acechando al correcaminos emprende acción tras acción para deshacerse de los intrusos y apoderarse de la muchacha quién sabe para qué?


Pero lo importante es que el director Arnold se arriesga a desafiar la cerrazón de su época (que a veces sigue vigente y fortalecida) en cuanto a asuntos científicos, éticos y hasta morales, todo en una película de ciencia ficción que en principio no aspira sino a divertir.

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