¿A dónde se fueron las utopías?
Federico Urtaza
Como
en la divertida novela de Emilio Carballido, El tren que corría, siempre vamos en pos del futuro y, lo más
chistoso, es que no sólo lo alcanzamos sino hasta que lo dejamos atrás.
Y
ahora que menciono “tren”, me vienen a la memoria imágenes cinematográficas que
recurren a este medio de transporte (o similares, como el metro) bien sea como
personaje, por así decir, o principal locación; por supuesto ahí está El general (Buster Keaton, 1926), El tren (John Frankenheimer, 1964), Asesinato en el Expreso de Oriente (Sidney
Lumet, 1974), Nevada Express (Tom
Gries, 1975), El gran robo del tren (Michael
Crichton, 1979), El tren del escape
(Andrei Konchalovsky, 1985), Rescate del
metro 123 (Tony Scott, 2009), Viaje a
Darjeeling (Wes Anderson, 1975), El
expreso del miedo (Bong-Joo Ho, 2013) y Tren
a Busan (Yeon Shang-Ho, 2016).
No
sé, se me ocurre que el tren en marcha es algo parecido a la película
cinematográfica; digamos que los vagones son los fotogramas y tanto el tren
como la película requieren del movimiento.
Así,
el tren es un espacio confinado, por definición en movimiento y con un destino
establecido pero al que quién sabe si arribará (esa es la cuestión para ponerle
suspenso); y sucede que los trenes están sujetos a horarios, al rigor implacable
del tiempo. Así, un tren siempre va a un después en un continuo presente en el
que transcurren los pasajeros, la carga y la tripulación. Como en la vida.
En
el viaje, a menos que uno vaya a la velocidad de la luz o una próxima, se puede
confiar que se llegará en este planeta tierra en unas horas, máximo días. El
futuro esperado, valga la expresión, está cerca, así que casi casi está en un
presente distendido.
Pero
no vengo a hablar de trenes, no ahora, sino de la carrera, del ir en pos. Es
por ello que decía que a veces sucede que encontramos el futuro como un
recuerdo, algo que a los aficionados a la ciencia-ficción sea en cine o
literatura nos resulta familiar.
Como
aquí nos ocupamos de cine, pienso en 1984
(Michael Radford, 1984), o en tantas otras de catástrofes que debieron ocurrir
en el 2000, o en el dato curioso sobre el nacimiento de Roy Batty en enero de
2017, personaje de Blade Runner (Ridley
Scott, 1982).
Y es
que para le especulación resulta conveniente establecer que el viaje en nuestro
tren de la vida ya llegó o ha pasado por una estación que está en ese futuro
que quedará atrás en algún momento, a menos que se llegue al fin de los tiempos
(toco madera).
Antes,
para hablar de esos escenarios en un mañana bastaba mencionar que ocurría la
acción “en un futuro”; bueno, pues a últimas fechas se ha puesto de moda la
palabra “distopia”, que no es sino lo opuesto a “utopía”, lo que la hace sonar
muy mal y amenazadora.
Hay
que resaltar que el recurso del tiempo y una sociedad futuros han sido
aprovechados cuando la denuncia de condiciones específicas o de la general de
la condición humana tocan la piel sensible de quienes prefieren reprimir las
libertades de pensamiento y de expresión de las ideas. Es un juego que a los
censores les ha dado manga ancha o los ha acorralado pues convencionalmente la
obra en cuestión es tan ajena a la realidad como Los viajes de Gulliver o El
hobbit.
Esto
nos lleva a pensar cómo es que se han puesto de moda las historias que ocurren
en sociedades distópicas; acaso el miedo al Gran Futuro que es la muerte se
balancea en la cuerda floja de un destino estructurado con rigor implacable y
opresivo.
Últimamente
ha sido mencionada la película The
lobster (Yorgos Lanthimos, 2015) tanto por su tema y el desarrollo de éste
con un guion ejemplar llevado rigurosamente a la pantalla.
Si
uno se preguntara si es posible presentar en una película la pregunta “¿de qué
somos capaces por amor?” en The lobster
(Langosta) la respuesta desafía nuestras convicciones.
La
acción transcurre en una sociedad distópica (por supuesto) en el futuro cercano
(pues claro), en la que por ley la gente debe tener pareja o, de lo contrario,
pasar a una especie de hotel donde deberá durante 45 días encontrar a su media
naranja… De ser un “forever alone”, mala noticia: el soltero empedernido será
cazado (sí, con “z”) y convertido en el animal que previamente habría elegido,
aunque si logra librarse de los cazadores que son los mismos huéspedes, le
queda la posibilidad de vivir emboscado en compañía de otros como él o ella.
Lo
curioso del asunto es que mientras los huéspedes se empeñan en “enamorarse” de
su “alma gemela” y la administración se encarga de mostrarles que una persona
sola es una aberración, afuera en el bosque la comunidad de prófugos se conduce
en una especie de atonía afectiva que de ser violentada puede acarrear la
muerte.
A lo
largo de la película la gente se comporta de manera fría, impostada, distante;
da lo mismo si son huéspedes o prófugos: la afectividad es irrelevante y, por
ende, descartada en el caso de las parejas porque lo importante es tener pareja
y en el caso de los emboscado porque el afecto es la pus de le herida
putrefacta de la relación de pareja prescrita por el sistema.
Creo
que en este caso podemos pensar que el cuestionamiento no va dirigido hacia las
relaciones de pareja, sino como se están dando esas relaciones; así, el amor
romántico no sólo se considera como “fantasioso”, sino poco “práctico” y hasta
demente. A veces uno se encuentra en situaciones que bien ilustrarían la
conveniencia propugnada por Bentham, así que el amor romántico, desinteresado
parece fuera de toda consideración ya no digamos en el futuro o en el presente,
sino en toda nuestra historia. Esto se convierte en tesis en esta película, en
especial en dos momentos cuando la pregunta es: “¿Hasta dónde llegarías por
amor?”
En
la vida real la respuesta es variada, aunque eso sí, el amante incondicional es
tomado más como caso clínico y carne de pabellón psiquiátrico.
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