Lo que queda al terminar la película
Federico Urtaza
¿Qué
sucedería si uno tuviera la capacidad de experimentar al mismo tiempo
absolutamente todo lo experimentable, pensar todo lo pensable y recordar todo
lo recordable?
¿Soportarían
la mente y el cuerpo esa carga de conciencia?
Religiones,
filosofías, cursos instantáneos proponen la revelación instantánea, la
expansión de la mente de golpe y porrazo… Pero todo sucede en un instante,
revelando que el tiempo es el río en que todo fluye, como en el enigma del gato
de Schröedinger, a la vez y durante, como partícula y onda y, ¿por qué no?
siendo y no estando y estando y no siendo. Mmmm. Suena divertido.
Para
cualquier ser humano enfrentar la verdad suele ser algo difícil de soportar;
nos gusta que nos doren la píldora y si nadie lo hace, pues uno mismo se hace
coco wash para que la realidad y sus aristas sea tragable hasta sin un traguito
de agua.
Millones
de años de evolución nos han alejado del paraíso perdido que quién sabe si haya
existido, pero que funciona bien como consuelo al igual que imaginar que hay un
niño en nuestro interior, en donde supuestamente éramos uno con el universo,
con Dios o con quien quiera que ahora se nos antoje haber sido uno.
(2001,
Odisea del Espacio, Kubrick, 1968)
En
ese proceso en que como especie dejamos de ser lo que éramos para estar siendo
lo que somos y seguir a lo que seremos (también esto suena divertido),
repetimos el proceso en lo personal; somos lo que somos y lo que el entorno nos
hace ser.
Bueno,
el caso es que en la evolución de la especie y nuestro desarrollo como
personas, hemos aprendido a ajustarnos a una economía fisio-emocional que nos
permite ir por el mundo y por la vida sin mayores sobresaltos; en otros
artículos he mencionado que, por ejemplo, ha sido vital reconocer patrones e
incluso apegarnos a éstos para poder notar lo diferente y, casi por default, lo
que es potencialmente peligroso.
Es
así que hemos ido desarrollando mecanismos similares a los fusibles que nos
apartan del peligro de una sobrecarga de consciencia; muchos dirán que sería
padrísimo ser súper consciente, pero nada más por joder les recuerdo lo que se
siente cuando alguien nos restriega en la cara todo aquello que evitamos ver
que nos hubiera evitado meter la pata.
En
fin, como siempre, me voy por el camino largo para llegar al cine.
Tal
vez muchos de ustedes recuerden una película reciente de Luc Besson, Lucy, con
la fabulosa Scarlett Johanson; para quien no la tenga en la memoria o no la
haya visto, se trata de una chica que estudia en Taipei y se ve involucrada en
el tráfico de una droga poderosísima que es el equivalente sintetizado de una
enzima que produce una mamá en el embarazo, que tomada en dosis de fuertes a
cañonazos expanden la conciencia a todo lo que da (jugando con una falacia que dice
que el ser humano sólo usa el 10% de su cerebro, juego que es válido en una
ficción de Besson a quien admiro porque arma excelentes películas de acción que
parecen tener el respaldo de una buena historia)… ¿No la han visto o ya la
vieron? Pues hay que verla o volver a verla.
Sirva
Lucy de contraste para entender mejor cómo es que hemos pasado a admitir y
hasta apapachar tantos filtros que nos hacen tolerable la realidad; sin esos
filtros, la mayoría de nosotros se fundiría, literalmente. Por eso a veces hasta
me da ternura escuchar a esos profetas que ofrecen la revelación en un curso de
tres horas, el contacto con las verdades profundas mediante un panfleto, la luz
al final del túnel en una conferencia; nos ofrecen consuelo pero nadie se
atreve a ofrecer plena consciencia. No está bien ni está mal.
La
realidad es que somos a media luz y para seguir así, falseamos la memoria o
elegimos momentos estelares que nos resultan cómodos (aunque ronden en lo más
oscurito de la sombra esos fantasmillas que meten miedo y se regodean
jalándonos las patas). De lo que vivimos guardamos apenas unos cuantos
detalles, algunos para seguir la rutina y otros para mantener la identidad.
Pero
me he desviado de nuevo, a ver, vamos al cine como habíamos planeado.
En
nuestra vida cinéfila hemos visto una cantidad de películas buenas, regulares y
malas una cantidad que nos asombraría si fuéramos tan ociosos como para hacer
un recuento; y no quiero ni pensar lo que dirían nuestro padres y maestros si
con este dato se pusieran a sacar cuentas de tiempo hombre destinadas a ver
películas en lugar de ser gente de provecho para uno y para la humanidad.
Pero,
como en todo, conservamos recuerdos precisos apenas unos cuantos, y pelos y
señales sueltos y diversos que funcionan como indicios tipo CSI si queremos
armar un recuerdo.
Esos
momentos generalmente tienen qué ver más con los valores (o la falta de estos)
cinematográficos de una película. Sin duda, hay otros factores que asocian una
escena o secuencia con algún momento especial de nuestra vida, pero prevalece
en importancia la forma en que está presentado el pasaje.
Le
pregunto: ¿Qué película ha sido muy importante en su vida, por qué, qué parte
de esa película lo estremeció?
Recuerdo
una película de griegos en la que brotaban esqueletos de la tierra; veo a
Mesala arrastrado por los caballos, veo a Lawrence de Arabia histérico gritando
¡Akhaba!, veo a Brigitte Bardot encueradita como bebé sobre una cama, veo a
Gene Kelly y a Malcolm McDowell cantando bajo la lluvia con propósitos y efectos
diversos, veo el juego de luces y el punto constante de fuga de 2001 Odisea del
espacio, veo la mano que se acerca al revólver a las 12 del día, veo el Mustang
y el Charger volando de callle en calle de San Francisco, veo a un hombre que
no lo es agonizando con una paloma en la mano diciendo que todo lo que ha visto
desaparecerá como lágrimas en la lluvia…
Sin
embargo, todos esos momentos de nuestra experiencia cinéfila son en verdad
parte de nuestra experiencia como individuos; no seríamos quienes somos sin
esos momentos.
El
cine, como la pintura, la música, la danza, el juego, la literatura, están en
lo que somos; nuestra vida es tan pobre o tan rica como se nos antoje… Cada
quien elige en dónde quiere encontrar posibles recuerdos; mañana, cuando llegue
el último momento, dicen, uno verá en un instante su vida como una película.
Ya
es cosa de uno si es película de ficheras o de vaqueros o de comedia romántica.
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