Federico Urtaza
Habrán de disculpar mi ausencia, si acaso la notaron y los inquietó aunque sea un poquillo. La razón es sencilla: Después de concentrarme en escribir a partir de la experiencia de cinéfilo y contrastarla con otros pensamientos, unos bastante personales y otros agarrados de los acontecimientos actuales, decidí apartar los ojos de las pantallas de cualquier tamaño y acudir a la palabra escrita y a ratos a la hablada (bendita radio que parada en las nuevas tecnologías asoma la cabeza en lo alto para que uno la vea).
Leer es una parte de mis hábitos que procuro no descuidar; desde niño leía todo lo que caía en mis manos con el mismo entusiasmo que iba al cine a ver todo lo que estuviera disponible. Más aún, cuando empecé a escribir fue más bien para explorar qué es lo que quería leer, aunque bien pronto me dí cuenta de que la oferta de libros y revistas ha sido de tal magnitud que uno nunca acabaría.
De intentar la escritura de textos peligrosamente poéticos y cuentos con finales sorpresivos por sacados de la manga, pasé a escribir algo que bien y sin pena puedo encuadrar en el ensayo. Al principio me costaba trabajo dejar de lado la ambición erudita de apuntar notas al pie con desfachatada prolijidad, así que pronto me dejé llevar hacia la escritura de textos en los que si bien me montaba en hombros de gigantes, quise dar mi propia visión desde lo que ahí podía ver.
Al poco tiempo de llegar a la ahora Ciudad de México (entonces y desde antes ya lo era, pero con el apelativo Distrito Federal), un amigo chihuahuense, el poeta José Vicente Anaya, me presentó con Huberto Batis quien para efectos prácticos conducía Sábado, suplemento de Uno más Uno creado tras el golpe a Excelsior, y enfatizo los efectos de Batis en el funcionamiento pues el director era el glorioso Fernando Benítez con ya entonces con el privilegio de la última palabra en lo que le interesaba se aplicaba en esa conversación que era animada y hasta educativa (como siguió siendo en La Jornada Semanal, donde volvimos a coincidir al poco tiempo). En Sábado ante el ojo muuuy crítico de Huberto, comencé a aprender que el periodismo cultural, si uno lo tomaba en serio, se podía convertir en un ejercicio invaluable para practicar el ensayo.
Pronto me encarrilé en la colaboración semanal presentando reseñas de libros, que debían ser novedad. Sin embargo, nunca me gustó hacer eso de hablar del autor, su biografía y luego espetarle al lector unas cuantas frases perdonavidas sobre el libro en cuestión.
Vicioso de la lectura, como he dicho, me interesaba más compartir mi experiencia de lector con otros lectores antes que hacer publicidad, esto es que prefería ganar para cada libro otros lectores a partir del entusiasmo que me produjo.
Soy un convencido de la llamada publicidad de boca en boca, así que a eso me atuve, a que el lector de mi nota fuera seducido por lo que le contaba que me había sucedido al leer tal o cual libro. Esto lo he observado hasta la fecha cuando hablo de cine, por ejemplo, o de política o de filosofía o de cualquier materia que es de mi interés de autodidacta voraz.
Llevo escribiendo desde inicios de los setentas, casi sin interrupción; llegué a la conclusión de que escribo para no hablar solo pues me encanta conversar sobre cuanto tema sea platicable.
En La Jornada duré colaborando desde 1985 hasta pasado 1997, si no recuerdo mal; publiqué en los principales diarios y revistas notas de todo tipo, gracias a la generosidad de los editores que compartieron mi entusiasmo; escribí teatro alentado por Víctor Hugo Rascón Banda quien me condujo al taller de Vicente Leñero en donde sesionaban varios de los mejores dramaturgos que ha habido (y acaso habrá) en México de quienes en otra nota les contaré con mayor detalle. Escribí y publiqué cuento en revistas y un tomo auspiciado por la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Es cierto, lo confieso, que también me dejé caer en la indolencia escritural; a ratos sentí que me repetía (lo más probable), a ratos que estaba chafeando o que no tenía nada que decir. Como sea, me gusta escribir y eso sigo haciendo.
Si bien me había hecho el propósito de ejercer este blog más orientado al cine, creo que es buen momento para ampliar mi temario, aunque no mucho pues luego uno anda correiendo de un lado a otro sin hallar un caminito adecuado.
En modo alguno se ha enfriado mi entusiasmo por el cine, pero al volver a la lectura, al embarcarme en unas clases de pintura y descubrir accesos a la radio que me llevan a las palabras y la música, creo que habrá mucho más de qué hablar con ustedes, si están dispuestos a invertir algo de su tiempo en escuchar un par de desvaríos que acaso (eso espero) les produzca los suyos propios.
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